AUTOR: ANTONIO MARTÍNEZ GÓMEZ
A finales del año 2001, poco tiempo después de que los Mossos d’Esquadra asumieran las competencias de tráfico en Cataluña, en las que yo estaba integrado, otro compañero y yo montamos un control rutinario de transportes, de los que se venían realizando habitualmente todos los días.
Era aproximadamente el 20 de noviembre de 2001, a las 18:00 horas. El lugar señalado se encontraba pasado el peaje del acceso de El Vendrell, salida A-31, enlace con la C-32, concretamente en el punto kilométrico 1,200, en sentido Barcelona.
Por aquella época ya empezaba a anochecer. Siempre se montaban los controles dejando un espacio prudencial entre el peaje y el lugar de parada de los vehículos, para no molestar y, sobre todo, por seguridad para todos.
A las 18:15 horas observé en las vías del peaje una furgoneta blanca, de masa máxima autorizada de 3.500 kilos, marca Mercedes y con matrícula española. También observé que iba muy cargada, ya que la parte anterior del vehículo se mostraba un poco más elevada que la posterior.
Cuando el conductor terminó de pagar el peaje y se incorporó de nuevo a la vía, procedí a darle el alto y le indiqué que se detuviera junto al vehículo oficial logotipado. El conductor paró donde le indiqué.
Me acerqué, lo saludé como hago siempre y observé que en el interior de la cabina viajaban tres personas, jóvenes y de rasgos asiáticos.
Solicité al conductor que me facilitara el permiso de conducir, los documentos del vehículo —permiso de circulación, tarjeta de inspección técnica y seguro— y la tarjeta de transportes. Asimismo, le pregunté qué transportaba. Respondió que paquetería.
Le solicité los documentos correspondientes a la carga y presentó unos documentos a modo de facturas, que no cumplían los datos mínimos necesarios para acreditar correctamente la mercancía transportada.
También pedí a los acompañantes que me mostraran sus documentos de identificación. Los dos presentaron sus respectivos NIE.
Requerí al conductor que abriera la puerta posterior de la furgoneta para inspeccionar las mercancías transportadas. Me acompañó hasta la parte trasera y, con mucha precaución, abrió la puerta.
La furgoneta estaba cargada hasta arriba; no entraba ni un alfiler más.
Le pregunté qué contenían las cajas y manifestó que lo ignoraba. Le indiqué que tendría que abrir algunas de ellas para verificar su contenido, a lo que no se opuso.
Bajamos una de las cajas, la abrimos y observé que contenía camisetas de la marca Nike. Abrimos otra y contenía sudaderas de la misma marca. Y así fuimos comprobando varias cajas más, con diferentes modelos y marcas.
Aquello no sé por qué, pero no me acababa de sonar bien.
Llamé a mi compañero, un deportista clásico, practicante de ciclismo, atletismo, etc. Lo observó con detenimiento y me dijo que estaban muy bien hechas, pero que eran falsificaciones.
Aquí empezaron los enredos al tener que trabajar con otros cuerpos de seguridad. Nosotros únicamente podíamos hacernos cargo de todo lo relacionado con tráfico, accidentes, delitos por no disponer de permiso de conducción, alcoholemias, drogas, etc. El resto teníamos que entregarlo a la Policía Local, al Cuerpo Nacional de Policía o a la Guardia Civil.
En este caso se trataba de un asunto relacionado con falsificaciones y plagio, cuya competencia correspondía a la Guardia Civil por el lugar de los hechos, concretamente al puesto de El Vendrell, en Tarragona.
Yo había trabajado con ellos y los conocía muy bien. Me llevaba muy bien con todos, pero como era rara la semana en que no les llevaba algún trabajo, y eso no hacía falta ser un lince para saber que no les gustaba, torcían el morro. Vehículos recuperados, personas detenidas…
Nosotros tampoco teníamos calabozos, por lo que todo acababa recayendo sobre los puestos correspondientes según el término municipal: Calafell, El Vendrell, Torredembarra, Montblanc…
Un mal rollo para todos.
Cuando nos vieron llegar, sobre las 19:00 horas, con el cargamento y los tres ciudadanos chinos, daba gusto verles la cara.
Entre varios descargamos la furgoneta y empezamos a clasificar los efectos. Nosotros elaboramos una larga lista con todas las mercancías transportadas: camisetas, sudaderas, chándales, unos 400 relojes de la marca Rolex, también falsificados, etc.
El documento se realizó por duplicado, lo firmamos y fue sellado. Una copia quedó para ellos y otra para nosotros. Asimismo, hicimos entrega de los tres ciudadanos chinos y obtuvimos fotocopia de toda la documentación para llevarla a nuestra comisaría.
A las 22:00 horas terminamos nuestra intervención con la Guardia Civil.
Ya en nuestra comisaría, hicimos una nota informativa para nuestro jefe de destacamento, detallando todo lo acaecido durante la tarde en el transcurso del servicio y adjuntando los documentos realizados en el puesto de El Vendrell, debidamente sellados y firmados por los guardias y por nosotros.
Al día siguiente, en un extenso artículo de La Vanguardia, a toda plana, aparecía una nota divulgada por la Comandancia de la Guardia Civil de Tarragona en la que se informaba de que en el puesto de El Vendrell habían detenido a tres ciudadanos chinos que viajaban en una furgoneta cargada con ropa y otros objetos falsificados, con un importe total de los efectos requisados superior a cien millones de pesetas.
Esto, en la Comisaría Territorial de Tarragona, a los jefes les sentó fatal. Pero, como nuestra actuación había sido impecable y se había realizado siguiendo el protocolo establecido, no dijeron nada.
Al año siguiente, el 22 de abril, Día de las Escuadras —una celebración similar al 12 de octubre en la Guardia Civil, un día festivo destinado a la entrega de reconocimientos y galardones—, ninguno se acordó de nosotros.
Ni los Mossos ni la Guardia Civil tuvieron ningún reconocimiento para quienes habíamos realizado la intervención.
Sobre cuatro años después se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Tarragona. El único que fue citado para prestar declaración en la sala fui yo.
Allí estaban los tres ciudadanos asiáticos y seis representantes de las marcas falsificadas.
Esta, como otras muchas veces, fue una de esas ocasiones en las que lo único que saqué en claro fue que había realizado mi trabajo. Regresé a casa con la satisfacción del deber cumplido.