La FIFA no puede convertir la final de un Mundial de fútbol en un premio a un régimen no democrático

TÍTULO: La FIFA no puede convertir la final de un Mundial de fútbol en un premio a un régimen no democrático.

En la reciente visita del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, a Mohamed VI, ha dejado caer que la final del Mundial de fútbol de 2030 podría celebrarse en Marruecos. Un país que inicialmente no entraba entre los organizadores de la cita. Si la FIFA confirma que la final del Mundial de 2030 se celebrará en Marruecos, habrá traicionado los valores que dice representar. Resulta incomprensible que el mayor espectáculo deportivo del planeta pueda servir para proyectar la imagen internacional de un país que no puede equipararse a una democracia liberal en los estándares europeos.

Mientras la FIFA llena sus discursos de palabras como igualdad, libertad, inclusión y derechos humanos, pretende entregar el mayor escaparate del fútbol mundial a un Estado cuya situación en materia de libertades públicas y derechos fundamentales es objeto de críticas por parte de organizaciones internacionales.

Pero hay algo aún más difícil de entender. España, vigente campeona del mundo, sería relegada a un papel secundario en un Mundial que también organiza. Si la final acabara disputándose en Marruecos, el menosprecio hacia España sería evidente ante los ojos de todo el planeta. No se trataría solo de una cuestión deportiva, sino de prestigio nacional. La imagen que se proyectaría sería que la nación campeona del mundo no es considerada merecedora de albergar el partido más importante del fútbol mundial, mientras ese privilegio recaería en un país cuya situación democrática genera un intenso debate internacional.

El fútbol no puede convertirse en una operación de imagen política. La final de un Mundial debe premiar a sociedades abiertas, donde la crítica sea libre, la igualdad entre hombres y mujeres esté garantizada y las instituciones respondan plenamente a principios democráticos.

Los aficionados al fútbol merecen transparencia y coherencia, no decisiones que parecen contradecir los principios que la propia organización proclama.

La final de un Mundial no es un trofeo para un gobierno. Es un símbolo universal del deporte. Y el deporte pierde credibilidad cuando se utiliza para mejorar la imagen internacional de regímenes cuya calidad democrática es ampliamente cuestionada.

La FIFA aún está a tiempo de demostrar que sus valores no son simples palabras escritas en un reglamento, sino compromisos reales. Si no lo hace, muchos aficionados concluirán que, para el máximo organismo del fútbol, los intereses políticos pesan más que la democracia, la libertad y los derechos humanos.

José Luis Borrero González