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LXX PROMOCIÓN DE LA GUARDIA CIVIL

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Espectacular fuga y detención de un peligroso delincuente

AUTOR: Antonio Martínez Gómez


El 22 de abril de 2008, mi compañero y yo iniciamos el turno previsto de 06:00 a 14:30 horas. Era una jornada como otra cualquiera: nuestro cometido consistía en la vigilancia de las carreteras de la demarcación del Destacamento Norte de la provincia de Tarragona, concretamente en el sector de tráfico de El Vendrell.

La distribución del trabajo estaba preestablecida: prestar auxilio a los usuarios, atender accidentes o averías, realizar controles e intervenir en incidentes imprevistos, tanto en vías públicas como en aquellas localidades sin policía local que caían bajo nuestra competencia.

La mañana transcurría con absoluta normalidad. Un café al iniciar la jornada, los primeros controles de rutina y el almuerzo hacia las 09:00 horas. Sobre las 11:00, escoltamos a un camión hasta la estación ITV de Vilafranca del Penedès (Barcelona) para verificar un posible exceso de pesaje. La báscula confirmó que rebasaba con creces la masa máxima autorizada, por lo que rellenamos las actas correspondientes e inmovilizamos el vehículo en la explanada del recinto. Informamos al conductor de los trámites necesarios para acondicionar la carga en otro camión y solicitar el levantamiento de la medida.

Reanudamos el patrullaje habitual hasta que, sobre las 12:30 horas, la sala de coordinación nos notificó que el camionero ya había subsanado el problema. Nos desplazamos de nuevo a la ITV, comprobamos que todo estaba en regla y procedimos a levantar la inmovilización.

Mientras tanto, hacia las 12:15 horas y en la cárcel de Tarragona, sucedía algo de lo que nosotros no teníamos menor conocimiento, ya que las unidades de Seguridad Ciudadana operaban por otro canal de radio: un interno de la citada prisión se autolesionaba con premeditación para forzar su traslado sanitario.
El incidente en el centro hospitalario
Los hechos en el centro hospitalario se desencadenaron de la siguiente manera. Sobre las 12:15 horas de aquel mismo día, una dotación del cuerpo de Mossos d’Esquadra recibió el encargo de realizar un traslado urgente desde el centro penitenciario hasta el Hospital de Santa Tecla de Tarragona. El motivo: atender al interno por las lesiones producidas tras una supuesta caída en el interior de la prisión.

La patrulla de Seguridad Ciudadana asignada al servicio estaba formada por tres agentes experimentados en este tipo de custodias. El médico del centro requirió la evacuación al sospechar que el preso podía presentar una fractura en el dedo de una mano, además de otras contusiones.

Al llegar al centro sanitario, condujeron al interno hasta el módulo 1 a la espera de ser examinado. Allí fue visitado por una doctora colegiada, permaneciendo custodiado en todo momento por los tres agentes. Tras la primera valoración, la facultativa indicó la necesidad de realizarle radiografías en la mano izquierda y en la rodilla derecha para descartar posibles lesiones óseas, por lo que fue trasladado de inmediato a la zona de radiología.

Una vez concluidas las pruebas, regresaron con el preso al módulo 1. Pocos minutos después, la doctora volvió con el informe de asistencia, en el que se confirmaba que no existía ningún tipo de fractura ni lesión ósea. Sin embargo, prescribió que el interno debía llevar el brazo en cabestrillo colgado del cuello, una recomendación médica que obligó a los agentes a retirarle los grilletes para poder colocarle el vendaje y trasladarlo de vuelta al furgón oficial.
La huida y el secuestro
Fue justo en el trayecto hacia la salida, en la zona de acceso a la calle por donde entran las ambulancias a urgencias, cuando el custodiado ejecutó su plan: asestó un fuerte golpe con el brazo derecho al agente que lo sujetaba, logrando zafarse de él, y de inmediato se abalanzó sobre el compañero que le precedía.

Acometió contra este segundo agente tomándolo como primer rehén: lo agarró firmemente por el cuello con la mano izquierda mientras con la derecha le esgrimía unas tijeras de mango azul a la altura de la garganta, con la clara intención de clavárselas. Tras un tenso y violento forcejeo, el policía logró zafarse de su captor. Al verse descubierto, el interno emprendió una veloz huida hacia el interior de las dependencias hospitalarias hasta alcanzar la mesa de recepción de urgencias.

Allí sorprendió a la misma doctora que lo había atendido minutos antes y la tomó como segunda rehén, sujetándola por el cuello con el brazo izquierdo mientras le presionaba la garganta con las tijeras. Los agentes lo conminaron de inmediato a desistir y liberar a la facultativa, pero el individuo, fuera de sí, les exigió a gritos que tiraran sus armas y abandonaran el lugar. Ante la inminente amenaza a la vida de la rehén, los policías mantuvieron la distancia para no precipitar una tragedia.

Utilizando a la doctora como escudo humano, el preso caminó hasta la calle y se adentró en un paso de peatones, obligando a los vehículos a frenar en seco. Se abalanzó sobre un turismo marca Mazda 2 de color oscuro y amenó al conductor con hincarle las tijeras en el cuello a la mujer si no le entregaba el coche inmediatamente.

El angustioso pulso entre el delincuente y el conductor se prolongó durante varios minutos mientras los transeúntes se arremolinaban asombrados a su alrededor. La tensión en la vía pública era máxima. Finalmente, ante el riesgo evidente para la vida de la rehén, el conductor cedió y abandonó el habitáculo.

El fugitivo liberó a la doctora, saltó al asiento del conductor, arrancó el motor y huyó del lugar a toda velocidad, derrapando y poniendo en grave peligro la integridad de peatones y conductores que tuvieron que maniobrar o frenar bruscamente. Ignorando semáforos y pasos de peatones, puso rumbo hacia la antigua carretera N-340 en dirección a Barcelona. Los agentes intentaron iniciar la persecución a bordo del furgón de traslado de presos, pero la brecha de tiempo y la potencia del turismo hicieron que le perdieran la pista casi al instante.
Despliegue y persecución en la N-340
Tras perder de vista el vehículo, los agentes comunicaron la urgencia a la central, desencadenando un despliegue masivo en toda la zona. Se movilizaron patrullas de Tráfico de Tarragona y El Vendrell, unidades de Seguridad Ciudadana, el helicóptero del cuerpo y efectivos de las policías locales de Torredembarra, Creixell, El Vendrell y Calafell, entre otras.

El turismo sustraído avanzaba a tumba abierta por la N-340. Aunque alguna patrulla lograba avistarlo y seguirle el rastro momentáneamente, su conducción temeraria provocaba que lo perdieran con rapidez; de hecho, dos vehículos de Seguridad Ciudadana llegaron a sufrir sendas salidas de vía con considerables daños materiales durante el rastreo.

Mi compañero y yo seguíamos atentos las novedades por la emisora, vigilando minuciosamente la N-340 por si se cruzaba en nuestra trayectoria. Al llegar a la altura de El Vendrell, la central informó de que un coche de las características del buscado acababa de provocar un accidente en Coma-ruga: tras circular en sentido contrario, había colisionado frontolateralmente contra un Renault Mégane. Como constaría más tarde en la declaración de su conductor, A. J. P., justo tras el impacto vio pasar a varias dotaciones policiales a gran velocidad con luces de emergencia y sirenas.

Ante la evolución de los hechos, cambiamos de ruta e ingresamos en la C-31 en dirección a Calafell con la intención de interceptarlo a su paso por la localidad. Al adentrarnos en el municipio, una patrulla de la Policía Local nos confirmó que el fugitivo acababa de rebasar su posición haciendo caso omiso a las señales de alto.

Continuamos a toda prisa por la C-31 en sentido norte para darle caza. Al alcanzar el kilómetro 140, escuchamos por la emisora que una patrulla de Seguridad Ciudadana lo tenía localizado a la altura de Cunit, desviándose hacia el paseo marítimo. Inmediatamente, nuestro indicativo, el B-321, puso rumbo al litoral de dicha población.
La localización del fugitivo
Al internarnos en la avenida de Tarragona, encontramos la primera pista de la colisión: una señal de dirección obligatoria arrancada sobre el asfalto junto a un parachoques negro y una placa de matrícula que coincidía exactamente con la del turismo sustraído.

Continuamos avanzando por la misma vía en dirección a Cubelles y, a apenas doscientos metros, localizamos el Mazda de color negro: presentaba un fuerte impacto en la parte delantera y había quedado cruzado e inmovilizado sobre la acera. Al inspeccionar el habitáculo comprobamos que estaba vacío, pero varios transeúntes de la zona nos señalaron que, instantes antes, un hombre había salido corriendo hacia la zona de montaña cruzando el puente sobre la vía del tren.

Mi compañero y yo comenzamos a peinar minuciosamente las calles colindantes. Dada la hora —aproximadamente las 14:30— no había prácticamente nadie por la vía pública. Mientras el resto de las patrullas desplegadas en el operativo daban por finalizada la búsqueda y emprendían el regreso a sus respectivas bases, nosotros decidimos continuar con el rastreo.

Al ver que las calles interiores de la urbanización estaban desiertas, regresamos a la vía paralela al trazado ferroviario. Nos adentramos en la calle Joaquín Mir y, al llegar a la altura del número 47, detuvimos el patrulla y nos bajamos para inspeccionar a pie. La zona estaba conformada por viviendas adosadas de dos plantas, con pequeños jardines delanteros de unos doce metros cuadrados protegidos por muros de obra y decorados con arbustos y rosales.

Al detenernos ante una de las parcelas, atisbé al fondo del jardín, agazapado junto a la pared y oculto tras unos rosales, a un individuo de unos 28 años, de piel clara, pelo negro algo largo y vestido con un forro polar azul. La descripción coincidía punto por punto con la del fugitivo del centro hospitalario de Tarragona.
Detención e inmovilización
Le hice una señal discreta a mi compañero, quien captó la situación al instante. Tras avistar al sujeto, saltó resueltamente el murete de obra con el arma reglamentaria en la mano, mientras yo permanecía en el exterior cubriendo el perímetro para interceptar cualquier intento de huida. Sin dejar de apuntarle, lo conminó de forma enérgica:

—¡Al suelo! ¡Túmbese boca abajo y ponga las manos a la espalda!

El sujeto acató de inmediato las órdenes de mi compañero, se tumbó boca abajo y colocó las manos a la espalda. Inmediatamente salté la pequeña valla, me aproximé a él y le coloqué los grilletes, dejando al fugitivo totalmente inmovilizado y garantizando la seguridad en el lugar.

Acto seguido, me puse en contacto con nuestra central para comunicar la detención del individuo, J. A. G. D., no sin antes advertir a la sala que las patrullas que se dirigieran al lugar lo hicieran con la debida precaución, confirmándoles que el sujeto ya se encontraba engrilletado y que no existía ningún riesgo de fuga.
Cargos Imputados
Una vez instruidas las diligencias oportunas, al detenido se le imputaron los siguientes cargos:

Delito de quebrantamiento de condena por evasión del lugar de reclusión.
Delito de amenazas.
Delito de atentado a agentes de la autoridad.
Falta de lesiones.
Delito de robo y hurto de uso de vehículo de motor con intimidación.
Delito contra la seguridad vial por conducción temeraria.
Reflexión final
Episodios como este han ocurrido en todos los cuerpos policiales y, lamentablemente, con una frecuencia mayor de la deseada. Cabe preguntarse: ¿qué falló aquí?

En este caso, hay certezas incuestionables. En primer lugar, la premeditación del delincuente, quien se autolesionó deliberadamente en la prisión para lograr su traslado al hospital y ejecutar allí su plan de fuga. En segundo lugar, el factor humano: probablemente la dotación asignada —tres agentes con amplia experiencia en traslados— cayó en un exceso de confianza al verse en clara superioridad numérica respecto a un custodiado que, además, portaba grilletes. Eso llevó a que solo un agente lo sujetara en el trayecto final, en lugar de haberlo asegurado entre dos, uno a cada brazo, como la prudencia aconsejaba.

Fue precisamente esa relajación de la guardia la que abrió la fisura aprovechada por el evadido, un individuo extraordinariamente peligroso que acumulaba en sus antecedentes un historial desgarrador: nada menos que 41 detenciones previas entre la Policía Nacional y la Guardia Civil, sin contar los graves hechos acontecidos aquel día.

Para finalizar, considero imprescindible añadir una convicción personal. Más allá de los turnos asignados y del sueldo que percibimos mensualmente como funcionarios, siempre he creído que la función policial requiere sentir la profesión en lo más profundo y anteponer el deber a muchas otras cuestiones. Sin esa premisa de vocación y compromiso incondicional, difícilmente habríamos continuado la búsqueda cuando las demás unidades ya se retiraban, ni habríamos culminado con éxito una intervención que devolvió a la calle la tranquilidad arrebatada horas antes.

Ingresé en la Guardia Civil en una época muy complicada, a mediados de febrero de 1976 en la Academia de Úbeda. Allí se nos inculcó de forma firme y sin medias tintas la disciplina militar, el comportamiento civil, el respeto a los ordenamientos jurídicos y la exigencia física. Fue una mezcla de valores que marcaron a fuego mi vida. Desde aquella época ya lejana, he mantenido intacto —y mantendré los días que me queden de vida— el compromiso conmigo mismo. Creo sinceramente que la mejor divisa es el honor de uno mismo

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