Relato policial y reflexión sobre la vigilancia en el corredor del Mediterráneo
Hay vías de comunicación que son mucho más que simple asfalto; son arterias vitales por las que fluye, al mismo ritmo, la economía de un continente y su lado más sombrío. La autopista AP-7, a su paso por el corredor del Mediterráneo, es probablemente la vía más compleja y conflictiva de España. La enorme densidad de tráfico que soporta —capaz de alcanzar en sus picos más altos los 4.500 vehículos por hora en cada sentido— la convierte en el nexo natural entre el norte de Europa, la Península Ibérica y el norte de África. Su proximidad a Barcelona termina por configurar un escenario idóneo para la impunidad.
En aquel trazado se infringían —y se infringen— las leyes a gran escala. Delitos de todo tipo y condición: robos y hurtos constantes a turismos, caravanas y camiones en áreas de servicio o en pleno arcén; tráfico de armas de fuego —muchas procedentes de los países del Este—; transporte masivo de estupefacientes y todo un mercado negro de mercancías fraudulentas, maquinaria robada y ropa falsificada.
De entre los muchos episodios vividos en esa arteria, hay uno que recuerdo con especial nitidez. Ocurrió hace años, pero demuestra cómo la observación minuciosa de un detalle insignificante puede tirar del hilo de algo mucho más grande.
Era el domingo 19 de octubre de 2008. Tras concluir un control de alcoholemia preventivo, habitual en los días festivos, la mañana discurría tranquila. Eran las 8:45 y, como aún era pronto para el almuerzo, le propuse a mi compañero establecernos un rato en la AP-7, a la altura del punto kilométrico 220, en sentido Barcelona. Él aceptó sin objeción.
Apenas quince minutos después, a las 9:00 horas, pasó ante nuestra posición un camión Volvo que arrastraba una cisterna cargada. Al fijarme en la cabina, me percaté de que el conductor no llevaba puesto el cinturón de seguridad. Una infracción menor, de rutina.
Le ordené detenerse en el margen derecho de la vía justo después de superar el peaje, cosa que hizo de inmediato. Al acercarme, le solicité la documentación personal y del vehículo, así como la tarjeta del tacógrafo y el albarán de la carga. En ese instante, los engranajes de la sospecha comenzaron a moverse:
- Inconsistencias documentales: La tarjeta del tacógrafo estaba a nombre de una tercera persona y los albaranes mostraban fechas distintas y correspondían a otro tipo de mercancía totalmente diferente a la que transportaba.
- Mercancías peligrosas no señalizadas: Al preguntarle por el cargamento, el conductor afirmó transportar ADR (mercancías peligrosas) y excusó la ausencia de señalización diciendo que «se le había olvidado poner las placas», llevándolas guardadas en el cajón de herramientas.
- Restricción de tráfico: Siendo domingo, aquel vehículo tenía estrictamente prohibido circular entre las 8:00 y las 22:00 horas.
Le pedí que colocara de inmediato las placas ADR. Al hacerlo, el panel reveló el número de peligro 80 y el número ONU 1824. El camión transportaba sosa cáustica. Sin embargo, no había carta de porte, ni instrucciones escritas de seguridad, ni albarán de carga válido. Le hice una señal a mi compañero para que se aproximara. La situación olía mal en todos los sentidos.
El hilo del que tirar
El conductor, un ciudadano búlgaro llamado Pekov, mostraba una calma opaca. Ante la gravedad de las irregularidades, le informamos de que trasladaríamos la unidad a un área de servicio de mercancías peligrosas en Tarragona. Notificamos la intervención a la central y al sargento jefe de turno, quien se desplazó hasta nuestra posición para coordinar la escolta: un patrulla delante, otro detrás y uno de nosotros en la propia cabina junto al conductor.
Una vez en el área de seguridad, fueron los operarios especializados en la manipulación de mercancías peligrosas quienes procedieron a abrir la compuerta superior de la cisterna para confirmar físicamente el cargamento de sosa cáustica. Paralelamente, iniciamos las gestiones con la empresa propietaria del camión. La respuesta del dueño al otro lado del teléfono cambió por completo la naturaleza del servicio: su vehículo no debía estar circulando. Tras verificar el lugar de estacionamiento habitual, nos confirmó que el camión había sido robado y que se disponía a interponer la denuncia de inmediato.
El empresario aportó un dato clave: él conservaba las llaves originales, aunque admitió que guardaba una copia de repuesto escondida tras el plástico del intermitente izquierdo de la tractora. Al revisarlo, comprobamos que el duplicado seguía allí. La llave que usaba el conductor para abrir y arrancar el camión era una falsificación de alta precisión.
Durante la manifestación del detenido, la trama terminó de dibujarse. Pekov afirmó que un individuo de origen rumano le había encargado recoger el camión esa misma madrugada, sobre las 2:30 horas, en una gasolinera de Sagunto (Valencia). Le entregó las llaves falsas y una bolsa con tarjetas de crédito, con las que ya había extraído unos 1.600 euros en efectivo. Su cometido era trasladar el camión hasta la provincia de Tarragona, estacionarlo y esperar al día siguiente a cambio de un pago de 300 euros por viaje.
El servicio concluyó con su detención por delitos de falsedad documental, robo y hurto de vehículo a motor y sustracción de la mercancía, recuperando una carga y un vehículo cuyo valor global ascendía en ese momento a unos 220.000 euros.
Reflexión final
Aquel servicio fue un éxito fruto de la presencia, la intuición y la fiscalización a pie de pista. Sin embargo, al echar la vista atrás con la perspectiva que da el tiempo, el poso que queda es agridulce.
En aquella época, los controles diarios en la AP-7 eran una constante que mantenía a raya la delincuencia itinerante. Hoy, con la información directa que mantengo de mis antiguos compañeros, puedo afirmar con conocimiento de causa que, salvo rarísimas excepciones, ya no se realiza ninguno. La consecuencia de este repliegue operativo es matemática y evidente: la gran arteria del Mediterráneo se ha convertido en un coladero impune. Y cuando la vigilancia desaparece, el delito vuelve a adueñarse de la carretera.
Antonio Martínez Gómez