El 20 de agosto de 1978 me incorporé a la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, procedente de la 1ª Compañía Móvil con sede en Pamplona (Navarra). Mi primer destino en tráfico fue el destacamento de El Vendrell, en el norte de Tarragona, donde todos los servicios se prestaban en tres autopistas: la AP-7, la AP-2 y la C-32/C-16.
La AP-7, como ya he mencionado en otras ocasiones, es una vía muy conflictiva debido a la gran afluencia de vehículos procedentes de Barcelona y de toda Europa; es el denominado Corredor Mediterráneo, que conecta por el norte con el resto de España y Europa, y por el sur con el norte de África.
En aquellos primeros años de servicio, como ocurría en todas las autopistas de Cataluña y especialmente en la AP-7, se cometían numerosos robos y hurtos en el interior de vehículos.
Modus operandi en la AP-7
En 1978 y durante algunos años posteriores, este tipo de delitos en las vías rápidas eran cometidos por delincuentes de nacionalidad española, pertenecientes en su mayoría a la etnia gitana, con apellidos como Heredia y con residencia en el barrio de La Mina (Barcelona) o en distintos barrios de Reus.
Solían tratarse de hurtos al descuido o robos con fuerza mediante la rotura de los cristales del vehículo. Por lo general, actuaban en grupos de dos o tres personas (habitualmente dos hombres y una mujer). Eran muy fáciles de identificar: presentaban un aspecto desaliñado, ropa en mal estado y la piel muy tostada por el sol.
Además, utilizaban sus propios vehículos, a los que difícilmente se les podía llamar utilitarios, ya que eran los peores que circulaban por aquellas vías: Seat 600, Seat 850, furgonetas destartaladas, entre otros. Por todo ello, las víctimas los describían con abundante nivel de detalle.
Para nosotros eran una presa fácil gracias a los precisos detalles que nos facilitaban las víctimas. Por aquel entonces teníamos asignados vehículos nuevos, los Seat 124 Especial, y como en las medianas de las autopistas no había vallas de protección, cuando los divisábamos en sentido contrario dábamos la vuelta allí mismo y en un par de kilómetros los alcanzábamos sin ningún problema.
No eran delincuentes violentos y aceptaban los hechos sin buscar excusas. Instruíamos las correspondientes diligencias y los entregábamos al juzgado de guardia, pero, salvo que hubieran cometido hechos especialmente graves, sus señorías los ponían de nuevo en libertad.
Hacia el año 1984, esos clanes prácticamente habían desaparecido de las autopistas, dando paso a un nuevo tipo de delincuencia procedente de Perú, concretamente de la región del Cuzco. Resultaban también inconfundibles: de piel morena, de baja estatura y con rasgos faciales muy marcados que recordaban a sus antepasados incas.
Sus métodos de desplazamiento eran muy distintos a los anteriores. Alquilaban vehículos por períodos de uno o dos días y los iban cambiando progresivamente por coches cada vez más potentes y rápidos. Por lo general, actuaban en grupos de tres personas —siempre hombres jóvenes— y, salvo raras excepciones, tampoco eran violentos.
Para ejecutar los hurtos empleaban diversos métodos astutos. En las áreas de servicio o de descanso, utilizando con disimulo un bote de mostaza o ketchup, manchaban la parte posterior del vehículo de las víctimas (habitualmente turistas alemanes, franceses, holandeses o suizos). A continuación, uno de los delincuentes llamaba la atención de los ocupantes para enseñarles la mancha; un segundo compinche se quedaba al volante del coche de huida; y un tercero —que solía ser de contextura muy pequeña y al que apodaban «el mono»— se introducía rápidamente en el interior del turismo extranjero para apoderarse de los bolsos y objetos de valor donde llevaban el dinero, las joyas y la documentación, huyendo del lugar a gran velocidad.
Otro de los ardides que empleaban consistía en encender un trozo de papel con fuego en la parte trasera del vehículo de la víctima mientras gritaban con fuerza: «¡Fuego, fuego!». De este modo provocaban la alarma para distraer a los ocupantes mientras «el mono» realizaba su trabajo.
A estos grupos se los conocía colectivamente como «la banda de los peruanos». El dinero que obtenían cada día lo convertían de inmediato en dólares y lo transferían casi en su totalidad a Perú. Permanecían en España durante menos de un año y regresaban a Cuzco, donde con el capital acumulado montaban fácilmente un negocio para vivir con cierta holgura. Esto nos lo contaban ellos mismos cuando los deteníamos. En su lugar de origen, al ver cómo prosperaban sus paisanos, otros decidían viajar a Cataluña para continuar con el mismo tipo de actividad delictiva.
La justicia, igual que ahora y siempre, era muy lenta y los delincuentes acumulaban antecedentes de manera significativa en todos los juzgados de Cataluña, comenzando así la pescadilla que se muerde la cola: con los antecedentes que acumulaban no iban a prisión, pero tampoco se les podía expulsar del país precisamente por tener esas causas pendientes, lo cual les venía de perlas. Cuando acumulaban suficiente dinero, eran ellos mismos los que voluntariamente regresaban a sus países de origen, mientras las causas judiciales se terminaban por apolillar en los archivos de los juzgados. En resumen: la policía y los jueces, unos primos; y la sociedad y las víctimas, burladas por un sistema que en la práctica resultaba inútil.
En la década de los 90, la situación empeoró notablemente. Las bandas comenzaron a proliferar aceleradamente y empezaron a llegar delincuentes de muy diversas procedencias: argelinos, marroquíes, serbios, kosovares o franceses, entre otras nacionalidades.
Este perfil de delincuencia representaba una realidad muy distinta. Ya no actuaban sin agresividad, sino que robaban con violencia y solían ir armados con navajas, cuchillos o armas de fuego. Tampoco empleaban turismos utilitarios, sino vehículos de alta gama que siempre eran robados y a los que colocaban placas de matrícula falsificadas. Cuando estos coches quedaban «muy quemados» —según el argot policial, por haber sido identificados o vistos en demasiados hechos—, los abandonaban en polígonos industriales o zonas de mucho tránsito.
Además, al ser detectados por las patrullas, jamás acataban las órdenes de alto: emprendían la huida a gran velocidad por donde hiciera falta, ya fuera circulando en sentido contrario por autopistas o por carreteras secundarias. Con el tiempo, estas mismas bandas terminaron dedicándose también al asalto y robo de camiones durante la noche.
Actuaban en grupos de seis o siete personas a bordo de turismos y furgonetas, siendo capaces de desvalijar un camión en cuestión de minutos. Se apoderaban principalmente de calzado, textil, electrodomésticos, ordenadores y cualquier tipo de mercancía de valor. A estos delincuentes se los conocía como:
TELONEROS
A continuación, describo una intervención especialmente relevante que culminó con la detención de dos personas responsables de al menos 13 hechos delictivos.
El 22 de marzo de 2009, un compañero adscrito a la comisaría de Tortosa, que realizaba turno doble de mañana y tarde como responsable de dicho turno, tuvo conocimiento de que sobre las 13:00 horas se había producido un robo en el área de servicio de L’Aldea, ubicada en la AP-7 en sentido sur (dirección Valencia). El vehículo implicado en el hecho era un Renault Mégane de color azul, cuya matrícula finalizaba con las letras FPC.
Sin más datos al respecto, sobre las 19:15 horas, tras finalizar su turno de servicio y cuando regresaba a su domicilio conduciendo su vehículo particular por la AP-7 en sentido Barcelona, observó a un turismo de características idénticas al implicado en el robo: un Renault Mégane azul, con matrícula 8158 FPC y ocupado por cuatro personas.
De inmediato se puso en contacto telefónico con la central operativa, desde donde le confirmaron que dicha placa de matrícula constaba como sustraída. Sin perder de vista al vehículo en ningún momento mientras realizaba las gestiones, observó cómo este circulaba a una velocidad constante de entre 160 y 180 km/h, cambiando de carril de forma temeraria y obligando a otros usuarios de la vía a realizar maniobras bruscas para evitar un accidente.
Desde la sala de mando se coordinó a una patrulla de Tráfico de Tarragona para proceder a su interceptación; sin embargo, al localizarlo, el conductor del vehículo sospechoso hizo caso omiso a las señales de alto de los agentes.
Yo prestaba servicio junto a otro compañero en la demarcación del destacamento de El Vendrell (Tarragona) en turno de tarde, a bordo de un vehículo no logotipado equipado con radar. La distancia entre Tortosa y El Vendrell es de aproximadamente 110 kilómetros. Por mi dilatada experiencia en aquella época —con más de 30 años de servicio a mis espaldas y habiendo intervenido en decenas de situaciones similares—, sabía perfectamente que aquel vehículo no se detendría por muchas patrullas que lo persiguieran por detrás.
Le propuse a mi compañero desplazarnos de inmediato al peaje de El Vendrell, situado en el kilómetro 220 de la AP-7 en sentido Barcelona, y colocarnos unos 50 metros más adelante para bloquear la calzada utilizando los propios vehículos que circulaban por la autopista. De este modo nos aseguraríamos de detenerlos por completo, sin darles opción alguna a darse a la fuga.
Mi compañero estuvo de acuerdo y llegamos con margen suficiente al lugar indicado. La explanada del peaje era amplia, por lo que nos dividimos la zona: él se posicionó en la parte derecha y yo me quedé a la izquierda, junto al coche oficial. En todo momento estuvimos informados de la ubicación del Renault Mégane gracias a las indicaciones de los compañeros que lo perseguían por detrás.
Cuando al vehículo le faltaba apenas un kilómetro para alcanzar el peaje, procedimos a dar el alto a los coches que iban cruzando las cabinas, dejando la vía totalmente colapsada y bloqueada. Al llegar, los delincuentes embistieron y rompieron la barrera del peaje —que se encontraba bajada— y continuaron la marcha, pero al encontrarse con la retención que habíamos formado, terminaron colisionando contra otro turismo y provocando un accidente.
Sin perder un segundo, los cuatro ocupantes abandonaron el coche y emprendieron la huida a pie. Mis cuatro compañeros salieron en persecución de tres de ellos, mientras que el conductor del Mégane corrió directamente hacia la posición donde me encontraba yo. Intenté interceptarlo, pero me sacaba unos 20 años de juventud y corría más que yo. Llegó a la valla perimetral de la autopista —de aproximadamente 1,60 metros de altura— y la saltó con facilidad hacia el otro lado.
Para evitar el corrimiento de tierras debido al desnivel del terreno —que en ese punto era de unos 3 metros—, la empresa concesionaria había colocado bloques de piedra de cantera dispuestos de forma irregular. Como ya casi era de noche, el delincuente no pudo ver las piedras al saltar y cayó al vacío, con la mala fortuna para él de fracturarse el calcáneo. Debido a la lesión ósea, le resultaba imposible caminar y, cada vez que intentaba ponerse en pie, caía de inmediato al suelo. Dado que ya no existía posibilidad alguna de fuga, solicité por emisora a la central operativa el envío urgente de una ambulancia para que fuera atendido. Por su parte, de los otros tres prófugos, mis compañeros lograron dar alcance y detener a uno de ellos.
Al llevar a cabo la inspección ocular del Renault Mégane, localizamos en el maletero un total de 12 bolsos con documentación y pertenencias de víctimas de diversas nacionalidades; la escena recordaba al puesto de un mercadillo clandestino.
ESTRATEGIA Y METODOLOGÍA PARA ROBAR EN LAS AUTOPISTAS DE CATALUÑA
Esta clase de organizaciones delictivas se estructuran con una disciplina de corte militar o policial, contando con jefes y mandos intermedios. Tienen establecido un fondo de solidaridad:
si uno de los miembros es detenido, el resto de la red aporta dinero a su familia para mantenerla hasta que sale de prisión.
La célula operativa básica de estos grupos se denomina «batería», compuesta habitualmente por tres o cuatro personas. Emplean vehículos de alta gama robados para recorrer las autopistas catalanas a la caza de víctimas, principalmente turistas extranjeros. Estas baterías mantienen siempre una composición fija de integrantes, lo que evidencia la existencia de una verdadera organización criminal.
El botín en metálico y los objetos sustraídos se reparten a partes iguales entre sus miembros, salvo en el caso del encargado de sustraer el vehículo de huida, quien percibe un porcentaje algo mayor. En la actualidad operan diversas baterías formadas de forma permanente. Todas emplean coches robados dotados de motores de gran potencia, cuya velocidad hace casi imposible que las patrullas policiales puedan darles alcance en persecución directa.
Cabe señalar que estos delincuentes no siempre emplean matrículas españolas; en muchas ocasiones sustraen o confeccionan placas de matrícula de otros países, como Francia, Alemania, Bélgica, Holanda o Suiza. De este modo consiguen confundir aún más a sus víctimas, quienes, al ver un vehículo con distintivo extranjero, asumen que se trata de otros turistas y jamás sospechan que puedan ser delincuentes a punto de robarles tan descaradamente.
Dentro de la banda, cada integrante tiene asignadas sus funciones específicas:
- Conductor: Maneja siempre el vehículo robado y conduce a gran velocidad por cualquier lugar, realizando maniobras de gran riesgo entre los demás usuarios o incluso circulando en sentido contrario por la autopista si es necesario. Nunca abandona el volante y, habitualmente, es el líder del grupo.
- Vigilante: Se ubica siempre en el asiento posterior izquierdo del vehículo para observar de forma continua la parte trasera de la vía. Es el encargado de dar el aviso de inmediato al conductor en cuanto detecta la presencia de un vehículo policial, iniciando así la fuga a gran velocidad.
- Encargado de engañar a las víctimas: Su cometido es entretener a los ocupantes del turismo. Les indica engañosamente que sufren una avería mecánica o les pide indicaciones con el pretexto de no saber cómo llegar a un destino (como Lérida,
Zaragoza o cualquier otro punto), atrayéndolos hacia la parte posterior del vehículo.
- El «mono»: Persona de pequeña estatura encargada de introducirse con sigilo y precaución en el turismo de los afectados para sustraer los bolsos y objetos de valor, regresando con rapidez al vehículo de la banda para emprender la huida.
Otro método que utilizaban con frecuencia —y que en esta intervención concreta emplearon al menos en cuatro ocasiones— consistía en acceder a un área de servicio o descanso y seleccionar un objetivo (turismo, autocaravana, caravana, etc.). Uno de los delincuentes se aproximaba con disimulo por la parte trasera y pinchaba una de las ruedas con un punzón fino. A continuación, esperaban a que la víctima reanudara la marcha y la seguían a cierta distancia. Tras recorrer unos tres o cuatro kilómetros, la rueda perdía por completo el aire y la víctima se veía obligada a detenerse en el arcén.
En ese instante entraban en acción: se bajaban del coche ofreciendo su ayuda portando chalecos reflectantes e incluso, en ocasiones, identificándose falsamente como policías. Mientras distraían a los ocupantes con el pretexto del auxilio, «el mono» ejecutaba el robo antes de poner rumbo a por una nueva víctima.
Este método de pinchar la rueda con un punzón en las áreas de descanso para asaltarlos posteriormente en campo abierto o en pleno arcén —lejos de la vista de testigos— resultaba sumamente efectivo. Con ello no solo lograban distraerlos, sino que se aseguraban de que las víctimas, aunque descubrieran el robo al instante, no tuvieran posibilidad alguna de perseguirlos al quedar su vehículo inmovilizado. Actuaban así con absoluta premeditación y alevosía, garantizándose una huida con total impunidad.
En cuanto a los aspectos técnicos de la investigación, a posteriori se comprobó que el Renault Mégane utilizado en la intervención había sido sustraído el 22 de julio de 2008 en una campa de la población de La Llagosta (Barcelona), junto con una remachadora. Esta clase de delincuentes suele sustraer vehículos completamente nuevos —motivo por el cual se apoderan también de herramientas de remachado— para posteriormente sustraer las placas de matrícula de otro turismo similar y colocárselas para comenzar a operar.
Instrucción de diligencias y reflexiones finales
De la instrucción de las diligencias para el esclarecimiento de los hechos se hizo cargo la Unidad de Policía Judicial de El Vendrell. A los detenidos se les imputó la presunta autoría de una nutrida relación de ilícitos penales:
- Seis delitos de hurto.
- Un delito de robo con violencia e intimidación.
- Dos delitos de daños.
- Un delito de conducción temeraria.
- Un delito de robo y hurto de uso de vehículo a motor con intimidación. ● Un delito de falsedad documental.
- Un delito contra la seguridad vial por conducir sin haber obtenido nunca el permiso de conducción.
- Un delito de asociación ilícita.
A lo largo de los días posteriores se practicaron gestiones continuadas para la localización de las distintas víctimas, tomando las correspondientes diligencias ampliatorias e hiciéndoles entrega de los efectos y objetos de valor que se lograron recuperar.
En las décadas de los 80 y 90, se llevaban a cabo dispositivos de control en los que participé personalmente en decenas de ocasiones. Estos controles se establecían pasado el peaje y contaban con un despliegue compuesto por un teniente, un sargento, un cabo y siete guardias (dos de ellos pertenecientes a Tráfico). Se bloqueaba por completo la calzada utilizando los vehículos policiales y elementos físicos como tetrápodos, obligando de forma incontestable a la detención de los vehículos sospechosos. Hoy en día, este tipo de operativos —al menos en
Cataluña— han caído en desuso por temor a eventuales repercusiones sociales. Así nos va.
Concluyo este escrito con un hecho sumamente lamentable ocurrido: dos agentes de la Guardia Civil han resultado heridos por arma de fuego en Terrassa (Barcelona), uno de ellos de gravedad, precisamente en el marco de una intervención relacionada con el objeto de este documento. Los autores de los hechos, según describe la prensa vespertina de hoy, pertenecen de nuevo al colectivo que da título a esta problemática: los teloneros.