Una noche cualquiera como tantas otras

AUTOR: Luis Camuñez González

Era una noche cualquiera como tantas otras. Salimos de servicio mi compañero como jefe de pareja y yo como conductor del vehículo. Como siempre, con todo el sigilo que pudimos, nos internamos en un callejón a oscuras mirando hacia el mar, camuflamos el vehículo con nuestras capas de paño. El mar estaba sereno como un espejo, y comentamos: «Esta noche se nos va a pasar rápido, vamos a tener movida». En el coche teníamos un escáner que barría las frecuencias de radio; teníamos memorizadas  las que solían trabajar más frecuentemente; eran unas diez o doce.

Y comenzaron pronto a escucharse las que trabajaban por la ciudad de La Línea, en el Callejón del Moro, Los Junquillos, Tonelero… etc., etc. El goniómetro del aparato los captaba lejos. Pero de repente este indicador de distancia subió hasta ponerse en rojo; esto significaba que ya no estaban tan lejos. Los comentarios que intercambiaban eran: «No los encuentro, pues sigue buscando, tenemos que saber dónde están», y así estuvieron algún tiempo. El marcador de cercanía siempre llegaba al rojo en cada conversación. Entre mi compañero y yo comentamos: «Estos están buscándonos». Los contrabandistas con sus redes de informadores siempre querían tener controladas a las patrullas, para así poder trabajar tranquilos; ellos no imaginaban que teníamos controladas sus frecuencias de radio.

Para cerciorarnos de que nos estaban buscando a nosotros, y después de un buen rato de andar buscándonos, y por lo que decían en sus charlas y las indicaciones que se daban, ya estábamos casi seguros del lugar en el que estaban o querían alijar.

Decidimos que deberíamos hacernos ver, para que de una vez por todas supieran que a los que buscaban éramos nosotros. Efectivamente, en el momento que salimos del lugar en el que nos estábamos ocultando, saltaron diciendo que nos habían encontrado y que íbamos de camino hacia el sitio en el que estaban o iban a alijar. Para convencernos absolutamente de que éramos nosotros, decidimos apagar la luz del vehículo, lo que se transformó en el aviso inmediato, diciendo «cuidado, que han apagado las luces del coche y van para abajo», así que ya teníamos el sitio seguro del alijo.

El sitio en el que intentaban alijar, es una urbanización que se encuentra en la parte baja de la carretera, por la que íbamos circulando, así como del Puesto de San García, y que posee un paseo marítimo que da a la playa, en esos momentos desierto por lo avanzado de la hora, así como por la fecha del año en la que nos encontrábamos, debería de ser no recuerdo bien invierno o principio de primavera, antes del paseo se encuentra una esplanada de aparcamientos para el verano, a toda prisa y sin luz nos internamos en la esplanada y de frente el paseo marítimo, por el que y a toda velocidad circulaba un vehículo sin luces, recuerdo que era un Seat 131, nosotros teníamos un NISSAN Patrol, con una defensa delantera de acero, en un principio mi intención era meterle con el Patrol, pero luego pensé en las consecuencias que podría acarrear, y por la insistencia del compañero en que parara, desistí de hacerlo, pero que de buenas ganas y por la adrenalina que me recorría el cuerpo lo hubiese hecho. A la mayor velocidad que pude, giré el vehículo y salí en persecución del Seat. Encendí las luces y le di a las largas para deslumbrarlos. Recuerdo que en la parte posterior del coche iba un individuo subido sobre las cajas de tabaco, y que con los baches se estaba pegando porrazos con el techo. Pasamos aviso al comandante de puesto que estaba de servicio esa noche, y que por la cercanía del puesto a la carretera por la que circulaba podría cortarles el paso, pero no pudo ser. 

Y aquí, en ese instante, sucede una de las cosas que nunca entenderé. Yo comprendo que los servicios, tanto de los antiguos antidroga como los de información, tienen confidentes y que para pagar estos informes se hacen cosas que incluso podrían rayar la ilegalidad; también comprendo que, por eso, en algunas ocasiones dejaran al margen las unidades territoriales, pero lo que pasó esa noche se pasó de castaño oscuro.

Bien quedamos en que perseguíamos al 131, ya lo teníamos bastante cerca, pues al ir tan cargado y por la antigüedad del mismo, marchaba a una velocidad inferior a la nuestra, cuando de repente y en un cruce, tuve que hacer una maniobra brusca para evitar chocarme con un vehículo que se incorporó de repente a la vía, con lo cual tuve que pegar un frenazo, este vehículo se interpuso entre nosotros y el vehículo perseguido, y a pesar que llevábamos los prioritarios tanto de luces como acústicos, el coche no se apartaba del camino, inmediatamente informamos al COS de lo que ocurría, y que nos diera información sobre este otro vehículo, desgraciadamente observábamos como el 131 se alejaba y se internaba en las calles de Algeciras. Cuando el COS nos facilitó los datos del otro vehículo, nos quedamos de piedra. Cuando este vio que ya no podríamos alcanzar al otro coche, fue cuando, por la insistencia del COS, paró a la derecha; nosotros paramos detrás, nos bajamos y ya supondréis la escena. No sé cómo pudimos contenernos; de inmediato les dijimos que esto nos lo tendrían que aclarar en el Puesto. 

No sé de dónde habían salido estos compañeros; no los había visto nunca. Prácticamente siempre estábamos tratando con los compis del servicio antidroga y los conocíamos a casi todos, por supuesto los identificamos, ya en el Puesto, nos dieron algunas explicaciones, nos insinuaron que aquello como que estaba concertado, y que a buen entendedor pocas palabras basta, y que no pensaban que nosotros como aquel que dice, lo haríamos también y que nos interpondríamos en la movida, esa noche el Comandante segundo jefe de la Comandancia, acudió en persona al Puesto de San García para pedirnos disculpas, pero nosotros le manifestamos que estábamos indignados por lo que había ocurrido y que eso no era la forma de trabajar, y que teníamos que dar gracias a Dios que no hubiese habido ningún accidente, nos prometió que esto no volvería a ocurrir, vosotros lo creísteis, porque yo no, de todos modos y en honor a la verdad, el tiempo que transcurrió hasta que pasé destinado a Ceuta, no se produjo ningún otro incidente, como que tampoco me encontré jamás a los dos compañeros de antidroga del fregado, no sé qué fue lo que ocurrió con ellos, en algunas ocasiones, comentamos si no serían de algún servicio de las altas esferas de la dirección, y que sin quererlo nos vimos envuelto en ello.

 Algún tiempo después nos enteramos del último y más doloroso detalle: aquellos avisos por radio que escuchamos en el escáner, los que alertaban de que habíamos apagado las luces del vehículo, no venían de los delincuentes. Habían salido de las gargantas de nuestros propios compañeros.