AUTOR: Luis Camúñez González
Era una noche fresca de bien entrado el otoño, Se tenía conocimiento de que podrían alijar tabaco desde Gibraltar. Entramos de servicio a las veintidós horas, y nos desplazamos al lugar indicado, donde se presumía que podrían alijar. Como el vehículo Nissan Patrol destacaba mucho por su blancura, decidimos cubrirlo con nuestras capas de paño para que no fuera visible. Naturalmente, habíamos entrado con las luces apagadas, para no ser detectados por los muchos vigilantes que apostaban los contrabandistas. Por lo que vimos, nuestro plan había dado resultado, pues no nos habían detectado.
Fueron pasando las horas, intentando escrutar y escuchar algo; como no ocurría nada, le dije al compañero que me desplazaría hacia un puntazo que entraba en el mar, y así poder observar la parte que no veíamos desde el lugar en el que estábamos apostados.
Con el visor de infrarrojos, miré toda la costa, pero no se apreciaba nada extraño, pero de repente escuché el ruido de un motor alejándose, en la dirección de una boya, que se encuentra en mitad de la bahía de Algeciras, pero nada, no conseguía ver algo que estuviera fuera de lugar.
Me desplacé hacia donde se encontraba el compañero y le comenté lo del motor. Al cabo de un rato, y como, el agua del mar estaba en calma y el reflejo de las luces del puerto incidía sobre ellas, vimos lo que parecía basura en el agua; sin embargo, esta basura llamó nuestra atención, ya que se movía en contra del viento que en esos momentos soplaba de tierra hacia el mar. Rápidamente echamos mano al infrarrojo, y vimos lo que parecía la cabeza de un nadador arrastrando bastantes bultos.
Lógicamente, pensamos que aquello que arrastraba podrían ser cajas de tabaco. Observamos hacia dónde se dirigía el nadador, y marchamos con el vehículo sin luces hacia dicho lugar. Como pudimos, escondimos el vehículo para que no fuera detectada nuestra presencia, y acto seguido decidimos dividirnos. Como el lugar en el que se pretendía alijar no era playa abierta, pues era una playa de rocas con un talud trasero y unas casas en la parte superior, tendríamos la opción de poder atraparlos, ya que entraríamos por las dos únicas zonas de escape que tenían; así lo decidimos.
Y aquí comienza lo que es un golpe de suerte: el sitio por donde entré estaba completamente en tinieblas; por la humedad del espacio y la época del año en que estábamos y lo avanzado de la madrugada, hacía mucho frío, y para combatirlo llevábamos unos gorros de lana y el antiguo anorak que no tenía ninguna marca de Guardia Civil.
Nada más acercarme a la playa, vi al trasluz a un individuo de vigilancia, el cual se percató de mi presencia y, que nada más verme, ¡oh, sorpresa!, me dice que me diera prisa, pues estaba a punto de llegar el nadador. En un primer momento me quedé sorprendido, pero supe reaccionar a tiempo, y le dije: «Vale, pues vamos rápido a la playa. Bajamos una pendiente y lo sorprendente ocurrió después. En el lugar del alijo. Recuerdo que había unas ocho personas; yo, junto al que me había visto, nos incorporamos al grupo; nadie se dio cuenta de quién era yo; incluso me comentaron qué esfuerzo estaba realizando el nadador. Yo callaba para no delatarme. Después de unos cinco minutos esperando, y revuelto con los contrabandistas, llegó el nadador a la playa. Venía con un traje de neopreno, y traía tras de sí, no lo recuerdo bien, pero serían unas diez o doce cajas de tabaco. Cuando los que estaban a mi alrededor sacaron las cajas y el nadador ya estaba en tierra, le dije al nadador: «Por la proeza que has hecho, no te tendría que detener, sino darte una medalla». En ese instante todos se me quedaron mirando sorprendidos, y fue cuando encendí la linterna y me identifiqué como Guardia Civil; algunos intentaron huir en dirección opuesta, pero ya el compañero estaba en ese lugar.
Solicitamos ayuda a las patrullas cercanas, para que nos echaran una mano. Los detuvimos a todos, las cajas de tabaco y dos coches que se encontraban cercanos para cargar el tabaco. Ya una vez en las dependencias del puesto, me confirmó el nadador que sí que lo habían dejado en la boya y que desde allí venía nadando. Yo le comenté que casi lo había seguido todo el trayecto, y que, a pesar de todo, lo que había hecho era una proeza.
A las dos semanas nos enteramos de que, en otra operación de las mismas características, cerca de la central térmica que hay en la bahía de Algeciras, había sido absorbido por uno de los tubos de refrigeración de dicha central, y había fallecido.
Bueno, pues esta es una de tantas anécdotas tenidas durante mis años de servicio.