Autor: Antonio Campos Fernández
Año 1979. Un día lluvioso, en plena época de pesca. Íbamos de servicio los mismos componentes por igual carretera, pero esta vez en el tramo de Ramacastañas al límite con Toledo, en dirección a Talavera.
Tras rebasar el puente del río Tiétar, observamos a nuestra izquierda, en la ribera del río, un coche estacionado sin nadie en los alrededores. Seguimos la marcha hasta el límite de nuestra demarcación y dimos la vuelta sobre la misma vía. Al regresar, comprobamos que el coche seguía allí, sin ninguna persona próxima.
Tomamos la matrícula y pedimos los datos del titular a la Central de Ávila. Nos los facilitaron al tiempo que nos informaban de que el coche figuraba como sustraído, denunciado en la Comisaría de Policía de San Blas (si mal no recuerdo). Al no tener las llaves del vehículo para moverlo, llamamos a nuestro gruista de confianza, quien lo remolcó hasta las inmediaciones del Cuartel.
Nos sentamos y comenzamos a instruir diligencias por la recuperación del vehículo cuando, al rato, se acerca a nuestra oficina el compañero de puertas y nos dice: —Está aquí el dueño del coche, que dice que se lo acaban de robar en el río.
El pobre hombre nos explicó que, efectivamente, se lo habían robado el fin de semana, pero que ya lo había recuperado la Policía en Madrid. El problema fue que el cese de la requisitoria aún no había surtido efecto en las bases de datos de la Guardia Civil. Así que, sin saberlo, los «ladrones» del río habíamos sido nosotros.