Lecciones de una intervención

AUTOR: Antonio Martínez Gómez

Lecciones de una intervención: El peligro de la falta de coordinación y el fuego cruzado

Hay hechos y situaciones que jamás deberían ocurrir en el transcurso del servicio y que, sin embargo, suceden con demasiada frecuencia. Lo que describo a continuación ocurrió hace ya 28 años. No evoco este suceso con rencor, sino con la tranquilidad y la claridad que otorgan los años, y siempre con un ánimo constructivo. Mi objetivo es que esta experiencia sirva de aprendizaje para las nuevas generaciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, concienciando sobre la necesidad de actuar con la máxima diligencia, calma y profesionalidad en intervenciones críticas.

1. El aviso y despliegue inicial

El 2 de julio de 1998 me encontraba prestando servicio propio de la especialidad de Tráfico en el turno de 14:00 a 22:00 horas, junto a un compañero de mi misma escala, a bordo del vehículo oficial y con el uniforme reglamentario.

Sobre las 18:00 horas, mientras circulábamos por la autopista AP-2 a la altura del kilómetro 225 en sentido Zaragoza, recibimos un aviso vía radioteléfono de la Central COTA del Subsector de Tráfico de Tarragona. Se nos ordenó trasladarnos urgentemente al peaje del Vendrell (kilómetro 220 de la AP-7, sentido Barcelona) para interceptar un turismo Peugeot 306 de color blanco y matrícula de Barcelona (con las letras iniciales B-PK). El vehículo venía siendo seguido de cerca por un coche camuflado del G.I.F.A. (Grupo de Información y Apoyo).

Poco después, la Central COTA nos indicó pasar a conferencia con el COS (Centro de Operaciones de Servicio). Nos comunicaron que el grupo del G.I.F.A. se encontraba ya a la altura de Cambrils (Tarragona) por la A-7 en sentido Barcelona, justo detrás del sospechoso. Se nos advirtió de que extremáramos al máximo las medidas de seguridad, ya que los ocupantes del turismo podían ir armados y eran considerados peligrosos.

2. Posicionamiento en el peaje del Vendrell

Al llegar al punto indicado (AP-7, km 220, sentido Barcelona) alrededor de las 18:30 horas, observamos que ya se encontraba allí una patrulla de Seguridad Ciudadana de la localidad del Vendrell.

Los agentes de Seguridad Ciudadana se posicionaron a los costados de las cabinas del peaje. Por mi parte, contando con una experiencia de más de dos décadas en estas vías debido a los frecuentes robos y hurtos que allí se registraban, decidí actuar con cautela: me situé en una vía automática, oculto detrás de la cabina y sin la gorra para no ser detectado por los ocupantes al aproximarse. Mi compañero, en cambio, permaneció cerca de nuestro vehículo oficial, situado unos metros más adelante, una vez cruzado el peaje. Allí comenzó el primer error de posicionamiento.

3. El momento de la interceptación

El vehículo sospechoso se dirigió exactamente hacia la vía donde yo me encontraba oculto. Justo delante de él, una furgoneta se había detenido para efectuar el pago del peaje. Aprovechando que el Peugeot 306 quedó bloqueado detrás, me aproximé.

Estaba a escasos 30 centímetros del conductor. Con las debidas precauciones, desenfundé mi arma reglamentaria (una pistola Star de 9 mm) y, sin montarla, le indiqué con firmeza pero sin alzar la voz que apagara el motor y me entregara las llaves. En el interior viajaban cinco personas: el conductor y el copiloto (ambos varones), y en la parte posterior otro varón junto a una mujer que llevaba a una niña de unos dos años en su regazo. Los tres ocupantes de atrás venían dormidos.

El conductor obedeció y me hizo entrega de las llaves. En ese mismo instante, los dos compañeros del G.I.F.A. llegaron por detrás con su vehículo, bloqueando por completo la vía de escape del sospechoso. Empuñaron sus armas (una pistola y una escopeta) manteniendo una posición de cobertura. La situación estaba bajo control, en calma y completamente asegurada.

4. El caos absoluto y el fuego cruzado

En ese preciso instante, y de forma totalmente incomprensible, se desencadenó un caos absurdo e infernal. Mi propio compañero de patrulla, empuñando su arma corta, comenzó a disparar frontalmente contra el vehículo sospechoso desde su posición pasada la barrera.

Los impactos comenzaron a perforar el parabrisas delantero y a atravesar el habitáculo, haciendo estallar la luna trasera. Los ocupantes, que dormían, se despertaron sobresaltados en mitad del tiroteo. Yo me encontraba a escasos centímetros de la trayectoria de los proyectiles de mi compañero. En mitad del estallido de cristales, vi cómo uno de los proyectiles alcanzó a la mujer en el hombro izquierdo, lanzándola hacia atrás por el impacto.

La situación empeoró de inmediato. Al escuchar las detonaciones y presuponiendo erróneamente que los disparos provenían del interior del coche sospechoso, uno de los componentes de Seguridad Ciudadana abrió fuego cruzado desde el lateral del turismo.

Los dos agentes del G.I.F.A., que se encontraban en la línea de fuego de sus propios compañeros, tuvieron que lanzarse cuerpo a tierra tras el muro de hormigón del peaje para salvar la vida. Yo gritaba con todas mis fuerzas que alto el fuego, que dejasen de disparar, pero mis gritos eran inaudibles debido al estruendo de las detonaciones. Ante el peligro inminente de ser alcanzado, me agaché y me parapeté en el lateral izquierdo de la furgoneta que estaba delante de nosotros.

Se efectuaron al menos 12 disparos que dejaron el vehículo acribillado. Aquel día el servicio pudo haber terminado en una auténtica tragedia con varios fallecidos, incluido yo mismo.

5. Consecuencias inmediatas y vía judicial

Tras cesar los disparos, se solicitó urgentemente una ambulancia para atender a la mujer herida y todos los implicados fuimos trasladados al Puesto del Vendrell. En la inspección minuciosa que se realizó al turismo de los sospechosos, únicamente se halló un cuchillo de grandes dimensiones en el maletero; no había armas de fuego. El comandante del G.I.F.A. de Barcelona se personó en el lugar y, tras constatar el dantesco resultado de la intervención, abandonó el puesto con rapidez.

Como era inevitable, se inició de inmediato una investigación para esclarecer los hechos. Tuve que prestar declaración hasta en cinco ocasiones (dos en el Puesto, una en el Juzgado de Instrucción y dos más en la Comandancia de la Guardia Civil de Tarragona ante el Segundo Jefe). A todos los agentes implicados en la intervención se nos retiraron las armas de manera cautelar el mismo día de los hechos, entregándosenos otras posteriormente.

A partir de ahí comenzó un auténtico calvario judicial. Los abogados de los ocupantes interpusieron una querella criminal contra todos nosotros por los presuntos delitos de homicidio en grado de tentativa, detención ilegal y contra la integridad moral. Asimismo, se solicitaron medidas cautelares sobre nuestros bienes personales por un valor de 200 millones de pesetas para asegurar la responsabilidad civil.

Por otra parte, se confirmó que los ocupantes del vehículo, de nacionalidad colombiana, tenían antecedentes por tráfico de estupefacientes y órdenes de busca y captura, motivo por el cual el G.I.F.A. manejaba información de que ese día trasladaban mercancía desde Valencia a Barcelona. Dos de los ocupantes ingresaron en el centro de extranjeros de La Verneda (Barcelona) para su posterior expulsión del territorio nacional.

Tras varios meses de angustiosa investigación y comparecencias judiciales, se nos informó verbalmente de que la Fiscalía y la acusación particular habían alcanzado un acuerdo económico extrajudicial para evitar el juicio oral, que incluyó la indemnización de los afectados y la regularización de su situación en España. No se nos facilitó copia de dicha resolución.

6. Reflexión y lección para el futuro

Una vez archivadas las diligencias penales, la Comandancia instruyó un expediente disciplinario a los agentes que efectuaron los disparos. Sin embargo, este nunca llegó a materializarse en ninguna sanción efectiva, ni a nivel económico ni bajo arresto.

Este suceso fue, sin duda, uno de los incidentes más graves en los que me he visto implicado a lo largo de mi carrera profesional, la cual continué con orgullo para cumplir y hacer cumplir las leyes.

Hechos como este deben ser analizados en profundidad y expuestos de manera pedagógica en las academias de formación y en los cursos de actualización policial. La falta de comunicación, la pérdida de los nervios, el no respetar los campos de tiro y la ausencia de una dirección clara en la intervención convierten un operativo controlado en una situación de riesgo mortal para los propios agentes y para los ciudadanos. Solo analizando con autocrítica y honestidad nuestros errores lograremos que las intervenciones del futuro sean verdaderamente seguras y profesionales.