AUTOR: ANTONIO MARTÍNEZ GÓMEZ
El inicio de una vida en la carretera (1977-1978)
Corría el año 1977 y estaba yo destinado en Navarra, en la Primera Compañía Móvil con sede en Pamplona. Por aquel entonces, decidí presentarme para ingresar en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, cuyo examen previo se realizaba en la Comandancia Móvil de Logroño. Fuimos aceptados para la prueba tres compañeros y yo.
En el mes de diciembre nos llegó la citación: debíamos presentarnos sobre las 8:00 horas en la citada localidad. El día anterior estuvo nevando con fuerza durante toda la jornada en Pamplona. Para poder realizar el desplazamiento, se nos facilitó un Land Rover corto.
A las 6:00 horas del día siguiente, los cuatro estábamos listos. Salimos vestidos con lo que entonces llamábamos el «traje de diario»: pantalón recto, chaqueta, zapatos, camisa y corbata. Al salir a la calle, el frío era tremendo y sobre la calzada se acumulaba un espesor de unos 30 centímetros de nieve.
Iniciamos el recorrido por la carretera Pamplona-Logroño, circulando muy despacio por la cantidad de nieve en la vía. El tráfico a esa hora era nulo. Unos 6 u 8 kilómetros antes de llegar a Puente la Reina, divisamos en sentido contrario a nuestra marcha, justo en el centro de su carril, un turismo atascado. No podía avanzar ni retroceder.
Como no podía ser de otra manera, nos detuvimos a su altura. Se trataba de un Peugeot 504 de color gris y matrícula de Logroño, en cuyo interior se encontraba un matrimonio de entre 50 y 60 años, desesperados por la situación. Les indicamos que hacia adelante la carretera estaba totalmente intransitable para ese tipo de vehículos.
Como ni ellos ni nosotros disponíamos de herramientas, empezamos a quitar la nieve de alrededor de las ruedas con nuestras propias manos. Tampoco podíamos usar el Land Rover para empujar el turismo por temor a causarle daños en la carrocería. Después de una media hora de esfuerzo bajo el frío, conseguimos darle la vuelta. Le indicamos al conductor que siguiera nuestras rodadas hasta Puente la Reina, a donde llegamos circulando con muchísima precaución.
Para entonces, nuestras preocupaciones por el examen eran más que evidentes. Terminamos llegando a la Comandancia de Logroño con más de una hora de retraso, pero lo teníamos claro: lo primero era el auxilio a las víctimas, algo que era y sigue siendo la prioridad absoluta en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil y en cualquier fuerza pública de seguridad que se precie.
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Al entrar en la sala del examen, la prueba estaba a punto de terminar; ya solo quedaban tres compañeros entregando sus folios. Hablamos con el capitán responsable y le explicamos las circunstancias del retraso debido al temporal y al auxilio en carretera. Después de pensárselo mucho, nos facilitó la documentación, pero con una advertencia: no podía darnos las dos horas reglamentarias que se tardaba en completarlo. Como mucho, dispondríamos de una hora.
Empecé a escribir a toda velocidad, intentando llegar lo más lejos posible. Lo más complicado era el caso práctico: un accidente de circulación con víctimas. Como era de prever, yo ya lo llevaba mentalizado y preparado. Sin embargo, cuando no llevábamos ni una hora, el examinador empezó a apremiarnos para que fuéramos concluyendo. Yo me encontraba en mitad de la inspección ocular. Aunque no me faltaba mucho, nos recogió los exámenes a los cuatro y nos mandó a la calle. Todos salimos con la firme impresión de que no aprobaríamos ninguno.
Cuál sería nuestra sorpresa cuando llegaron los resultados: habíamos aprobado dos, mi compañero Jesús Díaz Torres y yo.
Se nos citó para el día 15 de febrero de 1978 en la Primera Comandancia Móvil, sita en Madrid, para comenzar el curso de especialización. Allí empezó otra historia. Éramos cerca de 300 alumnos los que iniciamos aquel curso de cinco meses, que se desarrollaba en un estricto régimen interno, casi de clausura. Fue una etapa de una dureza tremenda: de los 300 iniciales, logramos terminar y aprobar tan solo 73 guardias.
Lamentablemente, el curso también nos dejó una profunda cicatriz. El compañero que se sentaba justo detrás de mí, en el pupitre contiguo, falleció en un trágico accidente con la moto oficial mientras realizábamos las prácticas de conducción. Jamás he podido olvidar aquello.
Hoy en día, llevo ya más de 10 años jubilado. A veces me detengo a pensar en todo lo vivido y me pregunto si, después de haber pasado 38 años en Tráfico sin salir de la plataforma de la carretera, volvería a ingresar de nuevo si pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Y sin dudarlo ni un segundo, siempre me respondo lo mismo:
Sí, me gustaría volver a ser, una vez más, un caballero del asfalto.