Cuando las matemáticas desaparecen entre la multitud

TÍTULO: Cuando las matemáticas desaparecen entre la multitud

No tengo nada contra el Papa, ni contra la Iglesia, ni contra quienes acuden libremente a escuchar una misa multitudinaria. Lo que me resulta difícil de aceptar son determinadas cifras de asistencia que, en ocasiones, se anuncian sin el menor análisis matemático.

Cuando se habla de 1.300.000 personas concentradas en las calles de Madrid, conviene hacer un sencillo ejercicio de cálculo. Supongamos una densidad razonable de dos personas por metro cuadrado. Para albergar a 1.300.000 asistentes serían necesarios 650.000 metros cuadrados de superficie útil, o lo que es igual, 65 hectáreas o 65 campos de fútbol.

Con los datos anteriores traducidos a una gran avenida de 40 metros de anchura, haría falta una longitud superior a los 16 kilómetros de largo. Es decir, una inmensa masa humana ocupando de forma continua una franja urbana equivalente a recorrer media ciudad de Madrid.

Y eso suponiendo una distribución uniforme, sin árboles, mobiliario urbano, cruces, zonas de seguridad, escenarios, accesos o vías de evacuación. La realidad siempre reduce el espacio disponible.

La cuestión no es religiosa ni política. La cuestión es matemática. Las cifras extraordinarias requieren explicaciones extraordinarias. Sin embargo, parece que en demasiadas ocasiones se lanzan números espectaculares que son repetidos por medios de comunicación, organizaciones y responsables públicos sin que nadie se detenga a comprobar si realmente encajan con la superficie disponible.

Lo más preocupante es que este fenómeno no se limita a las cifras de asistencia. Ocurre algo parecido con determinados relatos históricos que, una vez instalados en la opinión pública, parecen inmunes a cualquier crítica. Un ejemplo es la controversia sobre el denominado Bicentenario de la Policía Nacional. Existen investigadores que sostienen que dicha conmemoración carece de base histórica suficiente y aportan abundante documentación para defender su postura. Sin embargo, una vez que una versión oficial se consolida, son pocos los que se atreven a cuestionarla y muchos los que prefieren sumarse al consenso dominante sin analizar las pruebas existentes.

Se crea una especie de verdad aceptada por repetición. Da igual que los números no cuadren o que existan documentos que planteen dudas razonables. Lo importante parece ser mantener el relato. Y cuando un relato se repite miles de veces, acaba siendo asumido por gran parte de la sociedad sin el menor espíritu crítico.

¿Quién realiza estas estimaciones? ¿Qué método utiliza? ¿Por qué casi nunca se someten a una mínima verificación independiente? ¿Por qué determinadas afirmaciones históricas o estadísticas parecen quedar fuera de todo debate?

Las matemáticas y la historia tienen algo en común: ambas exigen pruebas. Los metros cuadrados son los que son y los documentos dicen lo que dicen. Ni unas ni otros deberían modificarse para adaptarlos a intereses propagandísticos, mediáticos o institucionales.

Porque la fe puede mover montañas, pero no debería alterar los metros cuadrados. Y la repetición constante de una afirmación tampoco debería convertirla automáticamente en verdad.

José Luis Borrero González