TÍTULO: El verdadero lado oscuro
En la Guardia Civil existe una frontera que nunca debería cruzarse. No separa empleos, ni destinos, ni escalas. Separa algo mucho más importante: el honor del deshonor.
El mayor patrimonio de un guardia civil no es su empleo, ni las condecoraciones, ni el despacho que ocupa. Es su credibilidad. Es poder mirar a los ojos de sus compañeros sabiendo que nunca traicionó el juramento que un día prestó.
Por eso, el verdadero «lado oscuro» no consiste en equivocarse. Consiste en renunciar deliberadamente a los principios que sostienen la institución. Consiste en utilizar el poder para apartarse de la ley o en inducir a otros a hacer aquello que jamás deberían hacer.
Si algún mando llegara a actuar de esa manera y los hechos quedaran acreditados por los cauces legales, el mayor castigo quizá no sería el que pudiera imponer un tribunal. El castigo más duro sería otro: perder para siempre el respeto de sus compañeros.
Cuando un mando pierde su autoridad moral, conserva el empleo, pero deja de tener liderazgo. Sus órdenes podrán cumplirse por obligación, pero la admiración desaparece, y un guardia civil sabe distinguir perfectamente entre quien manda por el cargo y quien manda por el prestigio ganado durante toda una vida.
La historia está llena de ejemplos de hombres que soportaron presiones de toda clase y que prefirieron asumir las consecuencias antes que participar en una ilegalidad o traicionar su conciencia profesional.
Quien viste el uniforme de la Guardia Civil recibe en herencia un prestigio construido por generaciones enteras de hombres y mujeres que sirvieron con lealtad, sacrificio y valentía. Ese legado obliga, obliga a ser ejemplar, especialmente cuando se ostentan las mayores responsabilidades. Porque el empleo más alto puede retirarse, las medallas pueden guardarse en un cajón y los cargos terminan pasando. Pero cuando un guardia civil pierde su honor, no hay resolución, ascenso ni reconocimiento capaz de devolvérselo.
Esa ha sido siempre la mayor enseñanza de la Guardia Civil. Y seguirá siéndolo mientras haya hombres y mujeres dispuestos a anteponer la ley, el deber y la dignidad a cualquier otra consideración.
José Luis Borrero González