La encrucijada del asfalto. El fin de una era en las carreteras catalanas

Por un agente de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil (Destino: El Vendrell)

Por darle un calificativo suave a aquello que partió nuestras vidas en dos, diré que fue la mayor fechoría, posiblemente una de las más dolorosas e injustas efectuadas a la Guardia Civil en toda su historia. Una traición urdida en los despachos, firmada con el trazo frío de la alta política entre el partido de gobierno de José María Aznar y el Govern de la Generalitat presidido por Jordi Pujol. Se materializó bajo el amparo legal del Real Decreto 391/1998, de 13 de marzo, y la Ley Orgánica 6/1997. Detrás de esos números y rúbricas oficiales se ocultaba el desmantelamiento de vidas enteras. Solo en la Agrupación de Tráfico en Cataluña, nos encontrábamos afectados alrededor de 1.400 agentes. Hombres que habíamos entregado nuestra juventud a las carreteras, alejados del ruido político, y que de la noche a la mañana nos convertimos en moneda de cambio.

Aquello no fue una simple anécdota administrativa ni una transición pacífica; fue una auténtica pesadilla que se prolongó durante más de dos interminables años para nosotros y, sobre todo, para nuestras familias. A diferencia de otros departamentos que pasaron en bloque y de forma directa a la administración autonómica —como Enseñanza, Sanidad, Justicia o Trabajo—, o del Cuerpo Nacional de Policía, cuyo despliegue se gestionó mediante una extinción natural por jubilaciones o traslados voluntarios, con Tráfico la consigna fue la liquidación absoluta y exprés. Fijaron un plazo implacable de dos años: del 1 de noviembre de 1998 al 1 de noviembre de 2000. Para que se entienda el agravio, la seguridad ciudadana se traspasó mucho después y con una cadencia más humana (en 2005 en Girona y en 2008 en Tarragona). A nosotros nos querían fuera, rápido y sin ruido. La Generalitat, los sindicatos autonómicos, los propios Mossos e incluso el Gobierno central nos dieron la espalda. Nadie nos quería. Nos sentimos profundamente abandonados.

«Nos encontrábamos ante un muro invisible. Las Comandancias, en lugar de protegernos, nos presionaban constantemente para que pidiéramos vacantes voluntarias fuera de Cataluña. Se sacudían las pulgas a nuestra costa. Pero yo me planté. Decidí que no pediría jamás el traslado voluntario.»

El mapa del despliegue y una decisión de vida

El rodillo del despliegue comenzó su avance inexorable por el norte. Girona fue la primera provincia en ver cómo los Mossos d’Esquadra asumían las competencias de tráfico en noviembre de 1998. Un año después, en noviembre de 1999, le llegó el turno a Lleida. El asalto final estaba programado para el 1 de noviembre del año 2000 en las provincias de Barcelona y Tarragona. Yo me encontraba en esta última, destinado en el destacamento de El Vendrell.

Las condiciones impuestas en el pacto eran leoninas: solo se permitía el traspaso de un máximo del 15% de la plantilla de la Guardia Civil de Tráfico por provincia, y únicamente podías optar a las plazas de la provincia donde estuvieras destinado. El proceso selectivo comenzaba un año antes del despliegue definitivo. En ese tablero de ajedrez político, yo jugaba con una desventaja añadida: el factor cronológico. Cuando se inició el proceso yo tenía 49 años. El día en que finalizó la incorporación oficial a la policía autonómica, el 1 de noviembre de 2000, yo apuraba mis últimas horas en esa edad. Al día siguiente, 2 de noviembre, cumplí los 50 años. Me convertí, de este modo, en la persona de más edad de toda Cataluña en ingresar como funcionario al Cos de Mossos d’Esquadra desde otra fuerza de seguridad.

Hacia 1999, cuando se abrieron los plazos de inscripción, me senté a solas a reflexionar. Aquellos burócratas no habían tenido en cuenta nuestras realidades familiares, el arraigo ni los sacrificios acumulados. En mi haber constaban ya 25 años de servicio impecable en la Guardia Civil, de los cuales 23 habían transcurrido patrullando el asfalto desde El Vendrell. Allí había conocido a la mujer que hoy es mi esposa, allí había levantado con mis propias manos una casa y allí había visto crecer a mis hijos. Mi hogar y mi vida estaban allí. Con una determinación inquebrantable, tomé mi decisión: defendería mi puesto de trabajo y el bienestar de mi familia con todos los medios lícitos a mi alcance. Si querían echarme de mis carreteras, tendrían que verme competir hasta el último aliento.

La criba: El proceso selectivo

Comenzó entonces un año de intensa preparación en solitario. La competencia era feroz: en la provincia de Tarragona solicitamos el pase un total de 67 guardias civiles de tráfico, pero el restrictivo cupo del 15% significaba que solo 27 lograríamos la plaza. El proceso se convirtió en una carrera de fondo extenuante que duró desde noviembre de 1999 hasta el otoño del 2000. No hubo concesiones.

La primera batalla fue idiomática: me inscribí de inmediato en un curso intensivo de catalán para alcanzar el Nivel B, un requisito indispensable para poder continuar. Una vez superado el corte lingüístico, entramos en el exigente calendario oficial dictado por el Departament d’Interior de la Generalitat:

  • Pruebas Médicas: Un exhaustivo examen en un hospital de Barcelona donde nos miraron con lupa: análisis clínicos completos, agudeza visual, audiometrías y una revisión articular minuciosa para comprobar que el desgaste de los años en la moto no nos pasara factura.
  • Pruebas Físicas: Eran de carácter eliminatorio y se desarrollaron en las instalaciones olímpicas del Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Sant Cugat del Vallès. Cinco disciplinas que medían potencia, resistencia y agilidad. Durante tres meses, convertí mi casa en un gimnasio improvisado, entrenando al amanecer y al anochecer hasta asegurarme de puntuar al máximo en cada una de ellas. Sabía que a mi edad no podía permitirme el más mínimo fallo.
  • Pruebas de Test Psicotécnicos y de Personalidad: Convocados en el gran auditorio de la Escuela de Policía de Cataluña, en Mollet del Vallès, nos enfrentamos a un cuestionario masivo de 500 preguntas tipo test con cuatro opciones de respuesta. El examen estaba diseñado psicológicamente para detectar contradicciones, alterando el orden y el planteamiento de las preguntas a lo largo de dos horas de máxima tensión.
  • La Entrevista Personal: El último filtro, cara a cara ante un psicólogo y un mando del cuerpo de Mossos d’Esquadra. Curiosamente, en esta fase final, cuando quedábamos poco más de una triintena de aspirantes, yo no llegué a ser citado para la entrevista individual. Al igual que ocurrió en algunos cortes anteriores, esto significaba que las puntuaciones previas eran tan elevadas que el pase era directo, o bien que estabas fulminado. En mi caso, la nota me avalaba. De los aspirantes iniciales, logramos la plaza los 27 que marcaba el cupo legal.

El epílogo en Mollet y el regreso a El Vendrell

La última etapa consistió en un régimen de internamiento de dos meses en la Escuela de Mollet del Vallès para realizar el curso de adecuación al nuevo cuerpo. Fue un periodo denso, cargado de materias jurídicas, procedimientos operativos propios, normativa autonómica y especificidades técnicas de tráfico. Para nosotros, veteranos de la carretera, cada examen parcial y cada práctica eran cruciales: la nota final dictaba el puesto en el escalafón, y el escalafón era la única llave para volver a nuestro lugar de origen. En El Vendrell solo había cinco plazas disponibles para el destacamento de tráfico autonómico. Vivíamos jornadas de una media de ocho horas lectivas diarias bajo una presión psicológica constante.

El esfuerzo dio sus frutos. Al finalizar el curso, mi puntuación me permitió obtener el destino que tanto había defendido: El Vendrell. El 1 de noviembre del año 2000 nos enfundamos el nuevo uniforme y empezamos a patrullar las vías tarraconenses. Durante ese primer mes lo hicimos en un limbo singular, pues las competencias plenas no se harían efectivas hasta el 1 de diciembre de 2000. Ese día, la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cesó formalmente en sus funciones en la provincia de Tarragona y los Mossos asumimos el control absoluto.

Detrás dejábamos cicatrices profundas. Muchos compañeros no pudieron soportar la presión del proceso ni el desgarro de la reconversión institucional; las bajas psicológicas proliferaron y el sufrimiento familiar fue palpable. Recuerdo con especial amargura a un compañero que, tras meses de hundimiento anímico, tuvo que causar baja definitiva en el cuerpo, quedándole una pensión exigua de apenas 1.400 euros de la época. Aquel traspaso truncó vocaciones y rompió la camaradería de décadas.

Para mí, cruzar aquella línea de los 50 años con un nuevo uniforme fue un renacimiento forzoso, el principio de una nueva etapa que duraría quince años y medio en el cos de Mossos d’Esquadra. Viví anécdotas inolvidables en el asfalto, momentos de peligro y de profunda humanidad que relataré más adelante, hasta llegar a una emotiva despedida que jamás borraré de mi memoria. Pero la lección de aquel año 2000 quedó grabada a fuego: cuando el Estado y la política te abandonan, solo te queda tu propia determinación para salvar a los tuyos.

Antonio Martínez Gómez