Autor: Antonio Tejeiro Rojas
El día 1 de agosto del año 1986, mis compañeros Lozano, Vázquez, Lavín y yo —pertenecientes a la 3.ª Compañía Móvil de Sevilla, con sede en la Comandancia de Málaga— nos encontrábamos concentrados en Estepona por la «Operación Verano 86». Residíamos en el cuartel desalojado de El Padrón junto a nuestros familiares.
Aquel día estábamos francos de servicio, disfrutando de una tarde de pesca con la familia en la playa de El Padrón, en el término municipal de Estepona. Sobre las 20:15 horas, desde un pequeño espigón, observamos el ir y venir de una barca rígida con cabina y motores intraborda a unos 200 metros de la costa. A bordo había un individuo que observaba la playa, intentando ver a alguien o identificar el lugar.
Le dije a mi compañero: —Vázquez, ese lleva la «maska» (alijo).
Se lo dije sin perderlo de vista; nos echamos a reír y continuamos con nuestras cañas.
Después de unos minutos, observamos a un individuo a pie de playa, a unos 250 metros, que miraba hacia la barca en cuestión. De repente, la embarcación dio un giro rápido e inesperado hacia la orilla y, al tocar arena, descargó cuatro bolsas.
Ante esta situación, tiramos las cañas a la playa y emprendimos una carrera hacia ellos en bañador, gritándoles a la vez a los compañeros Lozano y Lavín (que estaban tomando el sol a unos 20 metros junto a nuestras familias) que estaban descargando un alijo.
A los tres minutos estábamos en el lugar junto al individuo de la playa, las cuatro bolsas y la barca, que se encontraba a dos metros de la orilla con el piloto a bordo. Mi reacción fue preguntarle qué había en las bolsas mientras no dejaba de mirar la barca. Al verse sorprendido, el piloto reculó, se adentró en el mar y emprendió la huida en dirección al Peñón de Gibraltar.
Al observar que el individuo que se había quedado en tierra no era español, le interrogué mediante señas sobre qué había en las bolsas. Él, señalándose la muñeca con el índice, me indicó que eran relojes. En ese momento llegaron hasta nosotros los compañeros Lozano y Lavín. El tipo, un tanto asombrado, nos preguntaba entre gestos que quiénes éramos. Yo le contesté extendiendo mi brazo primero hacia él y luego hacia el talud en el que tenía su vehículo: —¡Polizey! ¡Polizey! ¡Polizey!
Se lo repetí dándole a entender que estaba rodeado. El individuo se quedó tan sorprendido por lo que estaba pasando como nosotros mismos, y no opuso ningún tipo de resistencia. Más le valía, porque el guardia Lozano era un armario de dos metros y 95 kilos de peso.
Subimos los cinco, junto a los cuatro bolsos, al vehículo del detenido: una ranchera Citroën de color verde con matrícula de Holanda. Nos dirigimos al cuartel deshabitado de El Padrón, donde residíamos. Allí lo engrilletamos, nos duchamos, nos vestimos de uniforme y nos fuimos (con el vehículo intervenido, el detenido y un coche particular) hacia el cuartel operativo, donde dimos cuenta del hecho al Teniente Jefe de Línea (creo que se apellidaba Guardia) y se instruyeron las preceptivas diligencias.
El Teniente Coronel Jefe de la Comandancia no daba crédito y no podía entender el servicio; no paraba de repetirle al Teniente: «¿Pero cómo que hicieron el servicio en bañador?».
El balance fue de 97,5 kilos de hachís intervenidos, un vehículo y un detenido.
Esta es una de mis historias, eso sí, REAL, y no como el parte oficial. El instructor, el Cabo 1.º Comandante de Puesto Accidental, ni estaba ni se le esperaba. No pudo ordenar nada in situ ya que NO estaba presente en el lugar de los hechos. De hecho, allí no existía perro de caza alguno. Era un cuartel abandonado en la playa de El Duque, el cual, durante la Operación Verano, le solicitábamos al Capitán de Marbella para llevarnos a la familia (los veteranos que hayan estado por esa zona saben de lo que hablo). Una vez autorizados, nos llevábamos colchones, enganchábamos la luz y el agua de un vivero próximo mediante una alargadera y una manguera, y le pagábamos el gasto al dueño cuando terminábamos la concentración.
Algunos no saben cómo ponerse medallas a costa del trabajo de otros, pero así es la vida.
Otro día os comento lo que le pasó en Guernica en 1975 a un Teniente por querer ponerse una medalla.



