Primeros servicios

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Cincuenta años han pasado desde que, con la mochila llena de ilusiones y el uniforme recién estrenado, partimos hacia nuestros primeros destinos. Aquel verano de 1976 no solo marcó el inicio de nuestra trayectoria profesional, sino el nacimiento de una hermandad que hoy celebramos. Estos son los recuerdos vivos de aquellos primeros servicios, guardados con nostalgia y orgullo por los hombres de la Promoción 70.

El bautismo del frío en Almarza (Soria): Muchos recordarán el 1 de agosto de 1976. Tras el calor de la academia en Ubeda, el destino llevó a algunos a lugares como Soria. Allí, en pleno agosto, el servicio de correrías nocturno obligaba a sacar la capa: el frío era tan intenso que, a las cuatro de la mañana, era casi imposible mantener la compostura. Un contraste térmico inolvidable tras solo 24 horas de haber dejado el sur.

Vigilantes del Pirineo: La Collada de Tosas (Gerona): En los puestos más aislados, a 1.800 metros de altitud, la vida era dura pero auténtica. Vigilando las mugas con Francia, con servicios de 24 horas y resguardándose en búnkeres de la Guerra Civil. Sin viviendas ni vecinos, solo un cabo y seis guardias solteros compartiendo literas, calentándose con estufas de leña y aseándose en un hostal cercano.

La hermandad de «Los 7 Granapiros» en Agullana: Siete compañeros compartiendo el mismo destino en la línea de La Junquera. Marcados por el apodo que les puso un mando con cariño, recuerdan cómo incluso en las noches de agosto del Pirineo catalán, el fuego era el mejor aliado para combatir el frío de la montaña.

El mosquetón bajo el brazo hacia Sedano (Burgos): Hay imágenes que no se borran, como la presentación en la Comandancia de Burgos para recoger el equipo. Salir de allí con el mosquetón envuelto en papel de periódico para subir al autobús de línea hacia puestos como Sedano o Torresandino de Esgueva define perfectamente la precariedad y el honor de aquella época.

Custodiando la calma en Marivent (Mallorca): Para muchos, el destino fue el mar y la protección real. Los servicios en el Palacio de Marivent durante las estancias de la Familia Real, con apostaderos en Regana, Casita Blanca o Cala Blava, forjaron recuerdos de una vigilancia constante y discreta en un entorno privilegiado.

Tecnología de otra era y vigilancia en Torre de Pals: Entre la vigilancia de playas y antenas estratégicas hispano-norteamericanas, la comunicación era un arte: teléfonos que necesitaban una manivela para cargar la batería para poder hablar con la línea o compañía. Además, en aquellos tiempos, el servicio obligaba a adquirir la propia moto para poder patrullar la demarcación.

Tiempos de cambio en Santurce y el Norte: Muchos llegaron a Vizcaya y Guipúzcoa en momentos de gran intensidad social. Integrar plantillas que se renovaban por completo en entornos complejos, como en Santurce tras incidentes históricos, curtió a los guardias desde el primer día. Destinos en Irún, en el puente de Biriatou o en la línea rural, marcaron años de servicio bajo la sombra del terrorismo y el compromiso con el deber.

El «Castigo» de la Leona al llegar a la Academia: Antes de los destinos, el primer recuerdo compartido es la llegada a la Academia aquella noche fría de febrero. Expediciones como las de Málaga o Algeciras, que llegaron con retraso, fueron recibidas por el Tte. León (apodado «La Leona») con un «trote» de gimnasia en la explanada bien pasadas las doce de la noche.

La tramontana, los Mauser… y la “venganza” al sargento: En aquellos puestos fronterizos de los Pirineos gerundenses, cerca de La Junquera, las correrías eran de las de verdad: ocho kilómetros a pie, formando un arco entre pistas y monte, sin presentaciones ni excusas. Solo caminar, vigilar… y aguantar.
Una tarde de 1978, con la famosa tramontana soplando como si quisiera llevarse Francia entera montaña abajo, salieron de servicio Francisco Requejo Cepeda y su compañero. Lluvia horizontal, viento cortante, los Mauser a la funerala y aquellas capas con esclavina que servían más de paraguas improvisado que de abrigo reglamentario.
Con buen criterio —o eso pensaban ellos— pidieron permiso al sargento José Amengual Fondevila para utilizar un coche particular.
La respuesta fue digna de quedar para la historia del Cuerpo:
—“Para servicios oficiales no se pueden utilizar coches particulares… en todo caso, bicicletas.”
Precisamente aquel día, para bicicletas estaba el tiempo.
Sin protestar, allá se fueron los dos, ocho kilómetros bajo el diluvio, empapados hasta el alma y con el armamento tan mojado que parecía recién salido del río.
Pero el destino, que tiene mucho sentido del humor, preparó la revancha pocos días después.
Llegaron los servicios electorales del referéndum constitucional. Jornadas interminables: dieciocho horas seguidas primero y, tras apenas unas horas de descanso, otros cuarenta kilómetros hasta otra mesa electoral, cargados con arma corta, arma larga y munición para aburrir.
¿El problema? No había vehículos oficiales suficientes.
¿La solución? “Usen sus coches particulares y compartan gastos.”
Ahí apareció la memoria selectiva del guardia civil.
Con toda calma, uno de ellos anunció:
—“Yo no llevo mi coche… ni comparto gastos.”
A las cinco de la mañana, Requejo y él estaban aporreando la puerta del sargento.
—“Mi sargento, Morales no quiere poner el coche ni pagar gasolina.”
El sargento miró al interesado, que respondió con absoluta serenidad:
—“Usted sabe por qué es, ¿no? Hace cinco días los coches particulares no podían usarse para servicios oficiales.”
Hubo unos segundos de silencio eterno.
Finalmente, el sargento, derrotado por su propia normativa, sentenció:
—“Requejo, tú trae el coche… que los gastos los pago yo.”
Y cuentan que aquel asunto jamás volvió a mencionarse. Ni en el puesto… ni en Mallorca.

El mosquetón perdido… y la cesta requisada: En el Puesto de Almarza, en Soria, las correrías nocturnas de invierno eran una prueba de resistencia. Una de aquellas noches, nevando sin compasión, un veterano salió de servicio acompañado por un “polilla” recién llegado de la Academia esa misma mañana.
A las cinco de la madrugada, helados como estatuas, encontraron refugio en un cobertizo frente al cuartel, donde el dueño guardaba heno para los animales.
Allí esperaron hasta casi la hora del relevo.
—“Vámonos ya, que son las seis menos cinco” —dijo el veterano.
Pero el novato, agotado y congelado, se había quedado dormido. Y en medio del sueño había soltado el mosquetón.
Lo mejor vino después.
En la penumbra, el muchacho agarró algo del suelo convencido de que era el arma… y salió tan tranquilo cargando una cesta de mimbre.
A la mañana siguiente apareció el dueño del cobertizo en el cuartel:
—“¿Quién estuvo anoche de servicio? Porque en el pajar hay un mosquetón…”
El guardia reconoce que se quedó más blanco que la nieve de Almarza. Aprovechando que el cabo aún no había llegado al puesto, salió disparado a recuperar el arma antes de que aquello terminara en consejo de guerra… o en museo agrícola.

La búsqueda nacional del “criptógrafo”: Hubo épocas en las que las comunicaciones oficiales daban lugar a auténticas obras maestras del surrealismo.
Una vez llegó un radiograma desde la Comandancia ordenando a todas las unidades informar sobre “el estado del criptógrafo”.
El problema era que más de uno entendió que se trataba de una persona.
Las respuestas empezaron a llegar de inmediato:
—“En esta demarcación no se conoce individuo alguno con ese nombre.”
—“Preguntados los vecinos de avanzada edad, nadie recuerda al citado criptógrafo.”
—“Se continúan las pesquisas para localizar su paradero.”
Probablemente, el aparato seguía funcionando perfectamente… pero el “supuesto desaparecido” se convirtió en el hombre más buscado de la provincia.

Siete kilómetros empujando la moto… por culpa de la gasolina: En Aranda de Moncayo (Zaragoza), las correrías motorizadas tenían también su parte de penitencia.
Una mañana, durante el servicio de seis a dos, dos guardias llegaron hasta Pomer, a catorce kilómetros del puesto. En una presentación a mitad de trayecto, uno de ellos cerró la llave de gasolina de su moto oficial.
El detalle importante es que luego se le olvidó volver a abrirla.
Cuando llegó el momento de regresar, la moto no arrancaba ni a tiros.
Patadas al pedal. Maldiciones reglamentarias. Miradas de desesperación.
Nada.
Conclusión: siete kilómetros empujando la moto carretera arriba, sudando como mulas y maldiciendo la mecánica española.
Al llegar al cuartel, agotado y con las piernas temblando, el guardia descubrió la causa de la avería.
La gasolina seguía cerrada.
Dicen que aquel día aprendió dos cosas: revisar la llave… y no contar demasiado rápido lo sucedido.

Congelado sobre la moto: En otra correría nocturna, un veterano tomó el desvío para entrar en un pueblo mientras el compañero joven siguió recto carretera adelante.
Extrañado, dio media vuelta y logró alcanzarlo varios cientos de metros después.
—“¡Pero bueno! ¿Dónde vas?”
El muchacho, tieso sobre la moto, respondió completamente serio:
—“Es que me he quedado congelado… y no puedo torcer.”
Y lo peor de todo es que nadie dudó de que estuviera diciendo la verdad.

La Derbi Antorcha contra la cuneta de piedra: Invierno del 78. Puesto de Ayna, Albacete. Servicio de correrías entre el Río Mundo y la aldea del Jinete. Temperatura cercana a cero grados.
Delante iba Venancio, jefe de pareja, montado en una Montesa Impala. Detrás, el compañero con una Derbi Antorcha, el mosquetón cruzado a la espalda y la capa intentando cubrir piernas, brazos y dignidad al mismo tiempo.
En una curva, la moto derrapó hacia una cuneta excavada en piedra de casi un metro de profundidad.
En décimas de segundo tomó una decisión heroica:
—“A la cuneta no caigo. Mejor besar el asfalto.”
Saltó de la moto hacia la carretera, acabó magullado y con un golpe en la cabeza provocado por la cantonera del fusil.
Mientras se recomponía como podía, Venancio seguía delante sin enterarse absolutamente de nada.
Diecisiete kilómetros después, llegó por fin a casa del pedáneo del Jinete.
Allí estaba su compañero… tranquilamente junto a la chimenea.
Como si aquello hubiera sido el paseo más normal del mundo.

Mi primer servicio en el asfalto
El inicio de una vida en la carretera (1977-1978)
Corría el año 1977 y estaba yo destinado en Navarra, en la Primera Compañía Móvil con sede en Pamplona. Por aquel entonces, decidí presentarme para ingresar en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, cuyo examen previo se realizaba en la Comandancia Móvil de Logroño. Fuimos aceptados para la prueba tres compañeros y yo.
En el mes de diciembre nos llegó la citación: debíamos presentarnos sobre las 8:00 horas en la citada localidad. El día anterior estuvo nevando con fuerza durante toda la jornada en Pamplona. Para poder realizar el desplazamiento, se nos facilitó un Land Rover corto.
A las 6:00 horas del día siguiente, los cuatro estábamos listos. Salimos vestidos con lo que entonces llamábamos el «traje de diario»: pantalón recto, chaqueta, zapatos, camisa y corbata. Al salir a la calle, el frío era tremendo y sobre la calzada se acumulaba un espesor de unos 30 centímetros de nieve.
Iniciamos el recorrido por la carretera Pamplona-Logroño, circulando muy despacio por la cantidad de nieve en la vía. El tráfico a esa hora era nulo. Unos 6 u 8 kilómetros antes de llegar a Puente la Reina, divisamos en sentido contrario a nuestra marcha, justo en el centro de su carril, un turismo atascado. No podía avanzar ni retroceder.
Como no podía ser de otra manera, nos detuvimos a su altura. Se trataba de un Peugeot 504 de color gris y matrícula de Logroño, en cuyo interior se encontraba un matrimonio de entre 50 y 60 años, desesperados por la situación. Les indicamos que hacia adelante la carretera estaba totalmente intransitable para ese tipo de vehículos.
Como ni ellos ni nosotros disponíamos de herramientas, empezamos a quitar la nieve de alrededor de las ruedas con nuestras propias manos. Tampoco podíamos usar el Land Rover para empujar el turismo por temor a causarle daños en la carrocería. Después de una media hora de esfuerzo bajo el frío, conseguimos darle la vuelta. Le indicamos al conductor que siguiera nuestras rodadas hasta Puente la Reina, a donde llegamos circulando con muchísima precaución.
Para entonces, nuestras preocupaciones por el examen eran más que evidentes. Terminamos llegando a la Comandancia de Logroño con más de una hora de retraso, pero lo teníamos claro: lo primero era el auxilio a las víctimas, algo que era y sigue siendo la prioridad absoluta en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil y en cualquier fuerza pública de seguridad que se precie.
Al entrar en la sala del examen, la prueba estaba a punto de terminar; ya solo quedaban tres compañeros entregando sus folios. Hablamos con el capitán responsable y le explicamos las circunstancias del retraso debido al temporal y al auxilio en carretera. Después de pensárselo mucho, nos facilitó la documentación, pero con una advertencia: no podía darnos las dos horas reglamentarias que se tardaba en completarlo. Como mucho, dispondríamos de una hora.
Empecé a escribir a toda velocidad, intentando llegar lo más lejos posible. Lo más complicado era el caso práctico: un accidente de circulación con víctimas. Como era de prever, yo ya lo llevaba mentalizado y preparado. Sin embargo, cuando no llevábamos ni una hora, el examinador empezó a apremiarnos para que fuéramos concluyendo. Yo me encontraba en mitad de la inspección ocular. Aunque no me faltaba mucho, nos recogió los exámenes a los cuatro y nos mandó a la calle. Todos salimos con la firme impresión de que no aprobaríamos ninguno.
Cuál sería nuestra sorpresa cuando llegaron los resultados: habíamos aprobado dos, mi compañero Jesús Díaz Torres y yo.
Se nos citó para el día 15 de febrero de 1978 en la Primera Comandancia Móvil, sita en Madrid, para comenzar el curso de especialización. Allí empezó otra historia. Éramos cerca de 300 alumnos los que iniciamos aquel curso de cinco meses, que se desarrollaba en un estricto régimen interno, casi de clausura. Fue una etapa de una dureza tremenda: de los 300 iniciales, logramos terminar y aprobar tan solo 73 guardias.
Lamentablemente, el curso también nos dejó una profunda cicatriz. El compañero que se sentaba justo detrás de mí, en el pupitre contiguo, falleció en un trágico accidente con la moto oficial mientras realizábamos las prácticas de conducción. Jamás he podido olvidar aquello.
Hoy en día, llevo ya más de 10 años jubilado. A veces me detengo a pensar en todo lo vivido y me pregunto si, después de haber pasado 38 años en Tráfico sin salir de la plataforma de la carretera, volvería a ingresar de nuevo si pudiera dar marcha atrás en el tiempo. Y sin dudarlo ni un segundo, siempre me respondo lo mismo:
Sí, me gustaría volver a ser, una vez más, un caballero del asfalto.